Libros y Cuentos de Aloise Mcdonald
No Pagaré Por Tus Errores
El aroma a lilas llenaba el salón, prometiendo un futuro perfecto junto a Diego, el hombre de mi vida, mi prometido. Pero Sofía, su hermana adoptiva, se levantó en medio del ensayo de nuestra boda, pálida y temblorosa. "Estoy embarazada", su voz retumbó, silenciando a todos. Y mi mundo se hizo añicos cuando añadió: "Y el padre es Diego". Él me arrastró a un rincón, confesando un "error de una noche", luego me exigió fingir que el bebé era mío para "salvar la reputación familiar". Se atrevió a ofrecerme comprar mi dignidad, mi silencio, mi vida, a cambio de su coartada. Le di una bofetada visceral, ¿cómo podía pedirme semejante monstruosidad? Sentí las miradas acusadoras mientras huía, con mi teléfono destrozado y el alma rota. Al día siguiente, era mi cumpleaños número treinta, el día de mi no-boda, y Sofía me envió un mensaje burlón, un veneno que me decía que Diego estaba con ella. Luego, encontré mi taller devastado: mis herramientas de cerámica, mi santuario, hechas añicos. Y Diego, cínico, me dijo que eran "cosas sin importancia", pidiéndome que me fuera de "su casa" para no "alterar a Sofía". No solo me humilló, sino que me empujó, y caí sobre los restos de mi propia vida, la sangre brotando de mi mano. ¿Qué clase de "amor" era este, que destruía, que agredía, que compraba? ¿Cómo me había enamorado de un ser tan egoísta y vil? Abandoné todo, dejándolo con su farsa, sintiendo una inmensa y gloriosa libertad al romper para siempre con ese mundo. El recuerdo de Mateo y su promesa infantil bajo el jacarandá, "si a los treinta no te has casado, yo me casaré contigo", cruzó mi mente. Él llegó para rescatarme de la lluvia y mi desastre, ofreciéndome paz y un camino hacia un nuevo comienzo.
El Dinero No Sirve Todo
Ricardo "El Halcón" Ramírez, un tipo hecho y derecho, llegó a la reunión de exalumnos de su prepa en su confiable camioneta todoterreno. Mientras los demás presumían de Porsches y Ferraris, su humilde "Guerrero X1" parecía fuera de lugar, una anomalía que no tardó en ser señalada. Sus antiguos compañeros, ahora hinchados por el dinero y la arrogancia, no perdieron el tiempo en burlarse de él, de su vehículo y de su supuesto "trabajo de repartidor de tortillas". Armando, el mismo bravucón de siempre, junto con el magnate Miguel Ángel Méndez y la viperina Clara Contreras, se encargaron de humillarlo públicamente. El clímax llegó cuando Miguel Ángel, cegado por el ego, le vació una copa de champán encima, exigiendo que se arrodillara y le pidiera perdón a Clara, y a él, por "existir". El desprecio era palpable, el aire tenso, y Ricardo, empapado y humillado, sintió una furia fría recorrer sus venas. ¿Quiénes se creían estos tipos para tratarlo así? ¿Acaso el dinero les daba derecho a pisotear la dignidad de los demás? Lo que no sabían es que Ricardo no era un simple "repartidor de tortillas", ni su camioneta una "carcacha". Con una calma que helaba la sangre, levantó su teléfono y marcó un número encriptado. "General Silva, Halcón reportando. Propiedad militar en riesgo de ser dañada por civiles... la caballería va en camino". La verdadera lección de poder y humildad estaba a punto de comenzar.
La Identidad Robada De La Madre
El zumbido monótono del aire acondicionado apenas enmascaraba el calor sofocante de la Ciudad de México. En mis manos, sostenía el acta de nacimiento de mi hijo, Leo. Todo parecía correcto, el nombre de mi bebé, Leo Herrera Rivas, el de su padre, Mateo, y el mío, Sofía Rivas. Hasta que mis ojos se detuvieron en la sección de los padres. No estaba mi nombre. En su lugar, vi: Ximena Solís. Y no solo eso, su hija, Luna Solís, también estaba registrada bajo la misma acta, usando nuestro mismo domicilio. Ximena Solís. La colega de Mateo. La madre soltera a la que Mateo "solo estaba ayudando". Un torrente de furia helada me recorrió. Mateo no solo lo permitió. Él lo hizo posible para que Ximena usara mi casa, mi dirección, para meter a su hija en una de las mejores escuelas del país, asociada a mi propia casa de modas. "Hay un error", dije finalmente, mi voz extraña, metálica. "Un error muy grave". En el coche, con el acta arrugada en mi puño, llamé a Mateo. "¿Por qué está el nombre de Ximena Solís en el acta de nacimiento de mi hijo, Mateo?". Hubo un silencio culpable al otro lado. "Sofía, no te enojes, puedo explicarlo. Ximena estaba desesperada". "¿No significa nada?", repetí, incrédula. "¿Poner a otra mujer en el acta de mi hijo no significa nada? ¿Usar mi casa para sus planes sin siquiera consultarme no significa nada?". "Estás exagerando, Sofía. Solo quería ayudar. Sabes cómo soy, me gusta apoyar a la gente que lo necesita". Su frialdad me dejó sin aliento. Colgué el teléfono sin despedirme. Mi mente se aclaró con una determinación helada. Él quería ayudar a otros, ¿verdad? Yo iba a ayudarme a mí misma. Mi siguiente llamada fue a mi abogado. "Quiero anular esa acta de nacimiento inmediatamente. Y quiero registrar una nueva. El niño solo tendrá un apellido. El mío. Mi hijo se llamará Leo Rivas. Punto".
