Libros y Cuentos de Critter
Amor Prohibido, Venganza Dulce
Mi esposo, Adrián, me llamó por teléfono. Para salvar la carrera de su amante, la famosa actriz Liliana Requena, me pidió que fingiera mi propio secuestro y me echara la culpa para desviar la atención de los medios. Pero eso no fue todo. Con una frialdad que me heló la sangre, me exigió que abortara a nuestro bebé. "Liliana no puede soportar más estrés" , me dijo. Me negué a perder a mi hijo, pero él, para proteger a su amada, me empujó con una fuerza brutal. Mientras yo sangraba en el suelo, él se fue con ella sin mirar atrás. Su madre fue aún más lejos: me encerró en una hacienda bajo un sol infernal hasta que perdí a mi bebé. Mientras me desangraba sola, recibí un mensaje suyo: "Lo siento, mi amor. Te lo compensaré" . Con el corazón hecho pedazos y el alma vacía, tomé mi teléfono y marqué un número que me había prohibido a mí misma durante años. La voz que respondió era la de mi padre, Augusto Sierra, el dueño del Grupo Sierra.
Venganza de un Amor Perdido
El aroma a tela nueva en mi estudio de diseño lo decía todo: estaba a punto de cumplir mi sueño, a solo días de casarme con Ricardo, el hombre de mi vida. Pero la vibrante Ciudad de México se detuvo para mí cuando un mensajero me entregó un USB con una grabación que destrozaría mi mundo perfecto. La voz de Ricardo, fría y calculadora, confesaba su engaño: "Sofía no sospecha nada. Cree que estoy loco por ella... Siempre ha sido por ti, por nosotros". Y la voz melosa que respondía era la de mi hermana, Camila. Ellos, mi prometido y mi propia sangre, me habían usado como un "puente" para acercarse a mi padre y asegurar una fortuna a través de un matrimonio arreglado para Camila con Diego Vargas; yo era solo "la tonta útil". ¿Cómo pudieron? ¿Cómo pude ser tan ciega, tan ingenua? El hombre que amaba y mi propia hermana, actuando como cómplices en una traición tan cruel, que me dejaron sola, como siempre. No más la Sofía ingenua. Una mujer nueva había nacido, con un único propósito: venganza.
Mi Milagro en la Incubadora
"Estoy embarazada, Ximena" , la voz de mi madre me paralizó. Yo también esperaba un bebé, y ella, a sus cincuenta y tres años, acababa de anunciarme su propio embarazo con una alegría adolescente que me heló la sangre. La noticia, lejos de ser un motivo de celebración, desató una siniestra revelación. Mis padres, presas de una obsesión por tener un hijo varón, me exigieron que financiara a su nuevo heredero. "Tu hermano va a necesitar muchas cosas... Es lo justo" , sentenció mi padre, como si mi vida y mis recursos fueran suyos. No solo querían mi dinero, querían despojarme de la casa que mi abuela me dejó, mi único refugio. Cuando me negué, su indiferencia se transformó en pura malicia. Me atacaron verbalmente, me acusaron de egoísta, y cuando el estrés me llevó a un parto prematuro, ni una sola llamada recibí. Mi hijo, nuestro milagro, luchaba por su vida en la incubadora, mientras a ellos solo les importaba su "varón". "¿Me estás pidiendo que, mientras mi hijo prematuro está en una incubadora, vaya a tu casa a cuidarte a ti y a tu hijo sano?" , les pregunté, la incredulidad tiñendo mis palabras. Su respuesta, un rotundo "sí", dejó al descubierto la grotesca avaricia que los consumía. En ese instante supe, con una certeza helada, que la batalla no era solo por dinero o propiedad, sino por mi propia existencia.
No más Mañana Dueña Caprichosa
El aire del panteón se impregnaba del dulce aroma del cempasúchil y copal, un Día de Muertos más, y como los últimos siete años de casado, Ricardo estaba solo junto a la tumba de su abuela. Mientras limpiaba la lápida, su celular vibró: una etiqueta de Instagram de Pedro "El Chivo" Ortiz, el "ayudante" de su esposa. La imagen lo golpeó: Laura, su esposa, arrodillada en otro panteón, sonriendo junto a Pedro, la mano de él casualmente sobre su hombro, y un pie de foto que decía: "Mis papás están encantados con mi 'esposa', hasta le echaron más incienso". El mundo se le vino encima. Siete años de excusas, de noches solitarias, de ser el segundo plato. Todo cobró un sentido brutal en ese instante. Con el pulgar apenas tembloroso, le dio "me gusta" a la foto, y luego, escribió un comentario: "Respeto y bendiciones." Al regresar a su puesto en el mercado, el chisme ya ardía, y la llamada de Laura no tardó: "Ricardo, ¿se puede saber qué demonios te pasa? No tenías por qué armar un escándalo en redes sociales." Pero esta vez, la voz de Ricardo sonó firme como nunca: "No voy a borrar nada." Colgó sin esperar respuesta, encendió su teléfono después de un mensaje burlón de Pedro, y al día siguiente, inició los trámites de divorcio, harto de su hipocresía y la lealtad que solo ella exigía.
