Demasiado tarde: La hija que sobra se le escapa
Morí un martes.
No fue una muerte rápida. Fue lenta, fría y meticulosamente planeada por el hombre que se hacía llamar mi padre.
Tenía veinte años.
Necesitaba mi riñón para salvar a mi hermana. La refacción para la niña de oro. Recuerdo las luces cegadoras del quirófano, el olor estéril a traición y el dolor fantasma del bisturí de un cirujano abriéndome la carne mientras mis gritos resonaban sin que nadie los oyera. Recuerdo mirar a través del cristal de observación y verlo a él —mi padre, Joaquín Villalobos, el Patrón del Cártel de Monterrey— observándome morir con la misma expresión gélida que usaba al firmar una sentencia de muerte.
La eligió a ella. Siempre la elegía a ella.
Y entonces, desperté.
No en el cielo. No en el infierno. Sino en mi propia cama, un año antes de mi ejecución programada. Mi cuerpo estaba completo, sin cicatrices. La línea de tiempo se había reiniciado, un fallo en la cruel matriz de mi existencia, dándome una segunda oportunidad que nunca pedí.
Esta vez, cuando mi padre me entregó un boleto de ida a Madrid —un exilio disfrazado de liquidación—, no lloré. No rogué. Mi corazón, antes una herida abierta y sangrante, era ahora un témpano de hielo.
Él no sabía que estaba hablando con un fantasma.
No sabía que yo ya había vivido su traición definitiva.
Tampoco sabía que seis meses atrás, durante las brutales guerras territoriales de la ciudad, fui yo quien salvó a su activo más valioso. En una casa de seguridad secreta, suturé las heridas de un soldado cegado, un hombre cuya vida pendía de un hilo. Él nunca vio mi rostro. Solo conoció mi voz, el aroma a vainilla y el toque firme de mis manos. Me llamó Siete. Por los siete puntos que le puse en el hombro.
Ese hombre era Dante Montenegro. El Capo Despiadado. El hombre con el que mi hermana, Isabella, ahora está destinada a casarse.
Ella robó mi historia. Reclamó mis acciones, mi voz, mi aroma. Y Dante, el hombre que podía detectar una mentira a un kilómetro de distancia, creyó el hermoso engaño porque quería que fuera verdad. Quería que la niña de oro fuera su salvadora, no la hermana invisible que solo servía para dar refacciones.
Así que tomé el boleto. En mi vida pasada, luché contra ellos, y me silenciaron en una mesa de operaciones. Esta vez, les dejaré tener su mentira perfecta y dorada.
Iré a Madrid. Desapareceré. Dejaré que Sofía Villalobos muera en ese avión.
Pero no seré una víctima.
Esta vez, no seré el cordero llevado al matadero.
Esta vez, desde las sombras de mi exilio, seré yo quien sostenga el cerillo. Y esperaré, con la paciencia de los muertos, a ver su mundo entero arder. Porque un fantasma no tiene nada que perder, y una reina de cenizas tiene un imperio por ganar.