Libros y Cuentos de Xiao Xiaoyunduoer
Ella Volvió, Él Lamentó
En mi vida anterior, este fue el día de mi muerte, el día en que Isabella Romero me lo arrebató todo: mi padre, mi carrera y hasta mi prometido. Pero ahora he vuelto, renacida en este mismo día y en este mismo salón, justo cuando me humillaban públicamente en mi propia fiesta de cumpleaños número 25. Cuando intentaron dar mi premio a Isabella, lo arrebaté de sus manos, gritando la verdad, revelando que ella era la hija adoptiva. Mi padre, cegado por la furia, me abofeteó y me echó de la casa, mientras mi prometido de la infancia, Alejandro, me humilló aún más, defendiendo a Isabella; nadie creyó mis palabras, sino que me vieron como una descarada. En mi desesperación, decidí irme, pero justo entonces, la voz imponente de mi tío, Fernando Soto, resonó en el salón, desafiando a mi padre. Mi tío, abogado de renombre, reveló la verdad oculta: el padre de Isabella no había salvado a mi padre; fue el fruto de un engaño orquestado por él. Y la que salvé la vida de mi padre fui yo, su propia hija. La verdad salió a la luz, mi nombre fue limpiado, el alcalde me otorgó el título de "Diseñadora Urbana Distinguida" y una recompensa, y Alejandro, el hombre que me había humillado, vino a pedirme matrimonio. Pero esta vez, ya no era la Sofía del pasado. Lo miré con frialdad y le dije: "No me casaré con un hombre que no tiene principios". Supe que era mi momento, el momento de poner fin a mi pasado y construir mi propio futuro.
Mi Anillo, Tu Traición
El agudo dolor en mi tobillo era lo único real, un recordatorio constante de la humillación de estar tirada en el suelo de la oficina, con el sonido distante de una sirena acercándose. Mientras los paramédicos me subían a la camilla, mi primer y único pensamiento fue para Ricardo, mi prometido. Con manos temblorosas, le envié un mensaje: "Me rompí el tobillo. ¿Puedes venir por mí al hospital?" . La eternidad que tardó en llegar su respuesta se materializó en solo unas palabras: "Qué mala onda, Luna. Justo hoy no puedo. Tengo noche de chicos. Pide un Uber, ¿no?" . Sola, con el corazón encogido por el frío mensaje y la repentina realización de estar tirada en el suelo del hospital, firmé el consentimiento para una cirugía que nadie más que yo presenciaría. Fue entonces, buscando una distracción en Instagram, cuando vi la foto. Ricardo, riendo a carcajadas, con el brazo rodeando los hombros de Sofía, su "mejor amiga" . Y en el dedo anular de Sofía, brillando con descaro, estaba mi anillo de compromiso. El diamante que Ricardo me había dado, la promesa de nuestro futuro. "¿Qué onda, mi amor? ¿Ya te checaron? ¿Todo bien?" , preguntó su voz despreocupada por teléfono, ajeno a que mi mundo se había desmoronado. Silencio. "¿Luna? ¿Estás ahí? ¿Por qué no contestas? No te pongas de malas…" "Me van a operar" , dije, la voz helada. "Ah, bueno. Pues que todo salga bien. Me marcas cuando salgas. Te quiero." Y colgó. Ese día, la Luna ingenua y enamorada murió en esa cama de hospital. Una fría ira se apoderó de mí, una furia silenciosa pero inquebrantable. No iba a llorar más. Iba a planear. Iba a desaparecer.
El Precio de La Bondad
Las llamas me consumían, pero el fuego de mi odio era aún más abrasador. Con Valentina en mis brazos, la arrastraba hacia nuestra muerte, sus gritos ahogados por el humo y su rostro desfigurado por el terror. "Destruiste a mi familia", le susurré, mientras las imágenes de la desgracia desfilaban por mi mente. Vi a mi hermano Mateo, un bailarín soñador, acusado falsamente por ella, perdiendo su audición, expulsado de la escuela, trabajando en una fábrica clandestina hasta encontrar la muerte. Recordé a mis padres, consumidos por la pena, obligados a cuidar de aquella que nos destruía y que eventualmente los llevó a la tumba. El odio se convirtió en mi única razón de vivir, y mientras el fuego nos abrazaba, sentí una extraña paz. Pero en mi último aliento, una pregunta me taladró el alma: "¿Por qué tanto odio hacia nosotros?". La oscuridad me envolvió, pero no duró. De repente, abrí los ojos en mi cama, el sol entrando por la ventana, sin quemaduras, sin humo. Y entonces, la vi. Valentina, joven e inocente, de pie en mi puerta, repitiendo exactamente las mismas palabras que iniciaron la pesadilla: "No tengo a dónde ir... ¿podría quedarme solo por unos días?". El tiempo había retrocedido. Pero esta vez, mi ingenuidad había muerto en el fuego de mi vida anterior. Esta vez, el destino de mi familia sería diferente. Esta vez, yo los protegería.
No Hay Vuelta Atrás
El día que Isabela y yo íbamos a firmar nuestra unión de hecho, ella me canceló por una supuesta emergencia, con una voz apresurada y esquiva. Con los sencillos anillos de nuestra unión en la mesa, sentí un vacío, pero el negocio era su mundo y traté de justificarla. Sin embargo, la curiosidad me llevó a abrir un misterioso sobre dirigido a ella, y lo que encontré me destrozó: ¡un acta de matrimonio entre Isabela Valbuena y su asistente, Adrián Soto, con la fecha de hoy! De repente, todo encajó: sus llamadas nocturnas, las "reuniones de trabajo" hasta tarde y la forma en que él la miraba se revelaron como la más vil traición. Cuando la confronté, ella balbuceó mentiras patéticas sobre una "enfermedad terminal" de Adrián y un matrimonio por "compasión", intentando manipular mi empatía. El asco me subió por la garganta, y al rechazar su farsa, su máscara cayó, revelando su verdadera furia y control, amenazando con destruirme. Aun así, decidí irme, pero ella me persiguió hasta mi pueblo, arrastrándome a la fuerza para que presentara mi mezcal "El Alma de Oaxaca" en la Gran Cata, un evento crucial para su empresa. Frente a cientos de personas, incluido el consorcio europeo que cerraría un trato millonario, Isabela me humilló una vez más, anunciando públicamente nuestro compromiso falso para salvar su negocio. Pero ya no era el Mateo ciego y enamorado; tomé el micrófono, revelé su matrimonio secreto con Adrián y cancelé mi derecho sobre "El Alma de Oaxaca" ante todos, haciendo que el acuerdo de Gourmet Mondial se desmoronara. "Sin mí, no eres nadie. ¡Te arrepentirás!", siseó Isabela, pero el sabor de la libertad y la dignidad era mucho más dulce que cualquier promesa suya. Su desesperación por recuperar lo perdido era palpable, ofreciéndome de nuevo el mundo que me había arrebatado, pero ya era tarde: mi camino se bifurcaba hacia una nueva vida, libre de sus mentiras, dejando atrás todo lo que un día creí que era mi futuro.
