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Bajo el Dominio del Alfa

Bajo el Dominio del Alfa

5.0
20 Capítulo
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Valentina Ferrer tiene una sola regla: ser invisible. En los pasillos de Montenegro Corp, ella es solo la pasante que llega temprano y se va tarde, ocultando tras trajes holgados la carga de una familia en la ruina. Su plan es simple: trabajar, ahorrar y escapar de las deudas que la asfixian. Pero el destino tiene un aroma que ella no puede ocultar. Damián Montenegro es el dueño de la ciudad. Un hombre cuya crueldad en los negocios es solo superada por su poder como el Alfa de la manada más letal del continente. Durante años ha rechazado a las candidatas más bellas, esperando a la mujer cuyo rastro despierte a su lobo. Él no busca una esposa; busca a su mate, su Luna. El encuentro que lo cambiará todo. En la fastuosa gala de aniversario de la empresa, entre copas de cristal y perfumes de diseñador, el instinto de Damián estalla. El aroma de Valentina -puro, dulce y salvaje- lo golpea como un rayo. Ante la mirada atónita de la élite social y los enemigos que acechan en las sombras, Damián rompe todas las reglas del secreto sobrenatural: reclama a la asustada pasante como suya, marcándola frente al mundo. Un mundo que ella no entiende, un hombre al que no puede resistir. Ahora, Valentina se ve arrastrada a una mansión de lujo extremo y a un mundo de leyes ancestrales donde los lobos dictan el orden. Mientras Damián intenta domar su propia naturaleza posesiva para ganar el corazón de Valentina, una amenaza surge desde las sombras: manadas rivales que ven en la fragilidad de la nueva Luna la oportunidad perfecta para destruir el imperio Montenegro.

Contenido

Capítulo 1 El perfume de la invisibilidad

El aire en el sótano de Montenegro Corp siempre era tres grados más frío que en el resto del edificio. Valentina Ferrer se ajustó el saco gris, una prenda dos tallas más grande que había comprado en una tienda de saldos, y suspiró. Frente a ella, una montaña de documentos esperaba ser digitalizada antes de que terminara su turno.

-Valentina, ¿sigues aquí? -La voz de Marga, la secretaria de finanzas, sonó desde la puerta-. Ya deberías estar cambiándote. Hoy es la gala del vigésimo aniversario. Todos los pasantes deben servir de apoyo en el salón principal.

Valentina forzó una sonrisa. No quería ir. Las galas significaban tacones que no podía pagar y la mirada de desprecio de personas que ganaban en una hora lo que ella necesitaba para un mes de alquiler.

-Ya casi termino, Marga. Solo necesito enviar estos reportes de gastos.

-Date prisa. Dicen que el señor Damián Montenegro estará allí. Casi nunca asiste a estos eventos, pero hoy es especial. No querrás que el CEO te vea holgazaneando.

Valentina asintió, aunque el nombre de su jefe solo le producía una vaga inquietud. Había visto a Damián Montenegro en las revistas de negocios: un hombre de facciones afiladas, ojos oscuros como el azabache y una presencia que parecía consumir el oxígeno de cualquier habitación. Para ella, él era solo el dueño del lugar donde se dejaba la piel para intentar salvar a su familia de las deudas que su padre había dejado antes de desaparecer.

Dos horas después, el escenario era radicalmente distinto. El Gran Salón del Hotel Intercontinental brillaba con el fulgor del oro y el cristal. Valentina llevaba el uniforme de servicio: una blusa blanca impecable y una falda negra ajustada. Se sentía expuesta, pero se obligó a mantener la cabeza baja, concentrada en la bandeja de plata que sostenía.

Solo tres horas más, se repetía. Tres horas y podré volver a casa.

Sin embargo, algo en el ambiente se sentía extraño esa noche. Había una electricidad estática en el aire que hacía que los vellos de su nuca se erizaran. Los invitados no eran solo empresarios; había algo en la forma en que algunos hombres se movían, una elegancia depredadora que la hacía querer esconderse detrás de las columnas de mármol.

De repente, el murmullo de la multitud se detuvo. Las puertas principales se abrieron de par en par.

Damián Montenegro entró.

Valentina estaba a unos diez metros de distancia, rellenando copas de champaña. Lo miró de reojo. Él vestía un traje a medida color carbón que acentuaba sus hombros anchos. Su rostro era una máscara de frialdad absoluta. Pero, justo cuando Damián dio el tercer paso dentro del salón, se detuvo en seco.

Sus fosas nasales se dilataron. Sus ojos, que antes eran de un café oscuro profundo, destellaron en un tono ámbar antinatural por una fracción de segundo.

Valentina sintió un escalofrío que le recorrió la columna. Sus manos temblaron ligeramente. Un aroma dulce, como vainilla silvestre mezclada con tierra mojada tras la lluvia, pareció emanar de sus propios poros, volviéndose repentinamente intenso.

Damián giró la cabeza con una velocidad sobrehumana, ignorando al alcalde que intentaba saludarlo. Sus ojos se fijaron directamente en el rincón donde Valentina intentaba, inútilmente, ser invisible.

-Mía... -susurró el Alfa, una palabra que nadie escuchó, pero que hizo que el lobo en su interior rugiera con una fuerza que amenazaba con romper sus costillas.

Valentina dejó caer la botella de champaña. El sonido del cristal rompiéndose fue el inicio de su fin, o quizás, de su verdadero comienzo.

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