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Secretaria del Alfa

Secretaria del Alfa

5.0
14 Capítulo
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Michelle Jolie solo quiere sobrevivir. Sin familia, sin estudios y con una deuda que la ahoga, acepta un puesto como secretaria en Wolfe's Company. Su jefe, Bradley Wolfe, es un CEO multimillonario, frío y esquivo. Demasiado perfecto para ser humano. Una noche, Michelle descubre lo que esconde el sótano de la empresa. Un ritual. Sombras que se retuercen. Y Bradley, con los ojos brillando como brasas, liderando una manada de bestias. Ahora ella sabe la verdad. Y esa verdad podría costarle la vida. A menos que haga lo que nadie se atrevió: negociar con el monstruo.

Contenido

Secretaria del Alfa Capítulo 1 Michelle Jolie

Ha pasado casi una década desde que mi familia murió en aquel accidente que no logro recordar. Sin padres, hermanos o algún tío lejano al que acudir, abandoné mis estudios y me dediqué a trabajar de casi cualquier cosa que pagase mis deudas. No sé si quede algún local de mi ciudad en el que no haya sido mesera, fregadora o la chica de los domicilios.

Vivo en un pequeño apartamento donde apenas puedo estirar las piernas. La nevera, que parece tener mi edad, no me deja dormir con su ruido ensordecedor. El casero me recordó ayer que debo tres meses de renta. No puedo juzgarlo, ha sido muy paciente por mi buen comportamiento, pero ya es demasiado de mi parte. Otra vez recuerdo que no tengo familia ni amigos, solo a mí misma.

Me miro las manos y no encuentro rastro de juventud o glamour, solo callos y pequeñas cicatrices ocasionadas por los platos rotos y sartenes calientes. Mis dedos, antes finos y blancos como la porcelana, ahora muestran pequeñas grietas y arrugas debido al jabón barato y el contacto con los lavaderos. No me considero fea y los clientes me dan la razón, pero si continúo esta rutina pronto pareceré una bruja de Disney.

Nunca me conformé con lo que sabía. Cualquier empleador con un poco de renombre ya tendrá listo un educado rechazo cuando sepa que no soy universitaria. No me ha quedado de otra que estudiar por mi cuenta si quiero aspirar a ser algo más que la muchacha bonita del bar de la esquina.

Ya con demasiados cursos online completados, he decidido arrojarme a cualquier oferta que no parezca hecha por un esclavista moderno. Barajé entre varias opciones que sin duda mejoraban mi condición actual, pero una en particular captó mi atención.

Tras un cuestionario realizado a través de Internet, coqueteé con la posibilidad de ser secretaria en Wolfe's Company, la cuarta empresa de seguros más grande del país. En unos días tendría lugar la entrevista, donde me enfrentaré a más de 80 aspirantes al puesto. El salario me hace soñar con casa propia y todas las necesidades básicas cubiertas, como si fuese yo un ser humano normal.

Bien. El día de las pruebas ha llegado. Estoy a punta de nervios, pero esta oportunidad representa tanto para mí que en ningún momento dejo ver mis inseguridades.

La entrada es de mármol blanco, tan pulido que veo mi reflejo invertido en el suelo. Predomina un estilo clásico en la arquitectura, muy señorial, con escasos modernismos. Apenas diviso cámaras de seguridad, de hecho. Supongo que estropearán el conjunto.

El lugar desprende un típico olor a cafés instantáneos y papeles con tinta, pero por momentos siento algo más, como una esencia a animal proveniente de lo más profundo del bosque.

Las otras aspirantes exteriorizan un aroma a flores extravagantes y deliciosas, probablemente de algún perfume francés que podría pagar mi atraso en la renta. Todas llevan bolsos de marca y ropas caras, mientras que yo luzco la misma chaqueta negra que compré a los 18 y los tacones que conseguí en una liquidación.

Entran y salen con bastante rapidez, algunas tapándose la cara y limpiándose las lágrimas. Cada vez me siento más negativa. ¿Si todas estas mujeres son rechazadas, con estudios y probables hijas de buenas familias, qué podría aguardarme a mí, la huérfana autodidacta que si no duerme bien aparenta diez años más de edad?

Mi turno llega al fin. Cuando abro la puerta me encuentro en una sala pequeña con tres hombres. Apostados al otro lado de una mesa, de traje y con rostros impenetrables, me indican un asiento frente a ellos.

-¿Tú nombre es Michelle Jolie y tienes 24 años?

Digo sí con la cabeza y se me escapan movimientos tensos.

-¿Alguna vez has trabajado de secretaria, o desempeñado algún cargo administrativo?

-Sí -miento-. En pequeños establecimientos y negocios de transporte.

Hojean los papeles que tienen delante y se miran, al parecer con dudas. Ya me estoy levantando antes de recibir respuesta, cuando una puerta detrás de mis interrogadores se abre a medias.

-Ven aquí y dile a la chica que espere -dice una voz grave.

El hombre del medio se levanta con prisas y no regresa hasta dos minutos después. Con un gesto algo torpe me indica que espere.

Pasa casi una hora. Las demás repiten el proceso. Espero sentada, sin idea de cuál será mi destino, hasta que solo quedo yo. De pronto parece un hombre alto, de cara imponente. Al escuchar su voz me doy cuenta de que es quien hablaba detrás de la puerta.

-Michelle Jolie -me lanza una mirada desdeñosa-, usted ha sido la única que no ha llorado. Tiene algo difícil de explicar. Bienvenida a Wolfe's Company. Comienza mañana.

Esto es por mucho lo mejor que me ha pasado en varios años. No me detengo a pensar en lo fácil que ha sido.

Así me siento el primer día que entro al edificio como trabajadora. Sonrío y camino más esbelta que nunca, como Anne Hathaway en El Diablo viste de Prada. Al llegar al piso 17 me encuentro un cartel con mi nombre sobre un pequeño escritorio. Está ubicado al fondo y no tiene las mejores vistas, pero es mío al fin.

Soy una más de las ocho secretarias que atienden personalmente las llamadas de Bradley Wolfe, el CEO de la empresa, quien tiene su oficina tres pisos más arriba. Nunca puedo visualizarlo de cerca, aunque su presencia me estremece a cualquier distancia. Por mis aproximaciones, mide alrededor de 1.84, con una piel tan blanca que roza la palidez. Los ojos, poderosos desde la distancia, son de un azul claro y su voz es tan varonil que hasta el más recio de los militares la envidiaría.

Entre todo el vaivén de responsabilidades que se cierne sobre mí, hay una norma específica que no deja de molestarme debido a mi rango de novata: según el reglamento, ningún trabajador debe permanecer en la empresa después de las 8 P.M. Al estrés de tener mucho que hacer se suma el estrés de tener que hacerlo con límite de tiempo.

Hasta he notado cosas muy raras en aquellas ocasiones donde me he ido cerca de las 8. Los guardias de seguridad cierran todas las puertas a cal y canto, algunos jefes obligan a los trabajadores a retirarse y por momentos respiro esa esencia a animal del bosque profundo que me pareció sentir el día de la entrevista.

Hoy he tenido un día normal, simplemente otra jornada de archivar papeles y contestar llamadas. Ya puedo decir que me he acostumbrado, aunque por culpa de unos encargos que llegaron a última, de no sé qué superior, me voy a quedar hasta tarde. Al parecer, están expresamente dirigidos hacia mí.

Nadie viene a expulsarme, así que supongo que no haya problema. Ya son las 8:30 y casi termino el recado. ¡Eh! ¿Qué es eso?

Acabo de escuchar unos ladridos demasiado alargados. Por la duración los confundo con aullidos. ¿Qué pintan unos lobos dentro de Wolfe's Company? Debo ser idiota, o estaré alucinando por la sobrecarga de trabajo.

Sin embargo, los sonidos se intensifican. Siento el picor de averiguar qué los causa.

A juzgar por su distancia, creo que provienen del piso de abajo. Bien, tomo el elevador. Cuando las puertas se abren, me hallo ante un pasillo totalmente vacío, iluminado únicamente por algunas velas que cuelgan de los candelabros. El estilo antiguo de mi empresa no me había intimidado tanto hasta ese momento. Flashes de El fantasma de la Ópera me empiezan a asaltar, solo que sin un enmascarado guiando mi mano entre las sombras.

Al fondo hay una puerta abierta. Por la cercanía de los aullidos, definitivamente vienen de ahí. Me acerco temblando, sin maldita idea de qué me espera. Por precaución agarro mi celular, lo más parecido que llevo a un arma de defensa, y pongo a grabar.

Asomo la mirada por la rendija y... no creo, no me lo puedo creer: más de 10 hombres sin camisa aúllan frente a un cáliz con una llama azul.

Por unos segundos pienso que el asombro no puede ser mayor, pero me equivoco. ¡Cada uno de ellos trabaja aquí! Algunos incluso ostentan altos cargos.

Arrodillado y con una cantidad exagerada de pelos salidos de su piel, el más cercano al fuego es nada más y nada menos que Bradley Wolfe, el CEO de Wolfe's Company.

Aunque absorta en lo que presencio, no dejo de enfocar la cámara hacia ellos. El olor a animal se intensifica y aquellos ojos brillan cada vez más. Parado en una columna lejana, reconozco al hombre del día de la entrevista, el tipo misterioso cuyo nombre desconozco. Él no parece... transformarse. Solo se para ahí, de brazos cruzados, con sonrisa perturbadora. Cuanto mejor observo, más me doy cuenta de lo que no quiere: tiene sus ojos fijos en mí.

-En la puerta. Una intrusa -anuncia impasible, aputándome con el dedo.

Sin pensarlo, lanzo mis tacones y echo a correr lo más rápido que puedo. Escucho unos jadeos animales a pocos metros. Cada vez se sienten más próximos, hasta que una fuerza me tumba al suelo. Me volteo hacia arriba y veo a Bradley Wolfe, esta vez con una mirada plateada y brillante. De su mano salen varias garras:

-Viste algo que no existe, niñata -ruge, con una voz que no le conocía-. No querría hacer esto, pero... -y levanta su brazo con la intención de despedazarme.

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