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La Doctora del CEO

La Doctora del CEO

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Ella tiene un cerebro privilegiado, Él una pasión irrevocable. Ella parece fría como el hielo y Él desea ser el fuego que la derrita. Ella tiene un pasado, pero él quiere darle su futuro. Dos caras de una misma moneda, diferentes pero unidos por una necesidad que descubrirán va más allá de lo sexual. *Podéis encontrarme en mis redes como escritora.elizabethssm**

Capítulo 1 Luanda. Carter

**Cárter**

Aquellas eran mis últimas vacaciones antes de tener que hacerme cargo del maldito infierno que me había dejado a cargo, mi padre y hermano mayor, debería haber podido estar en cualquier otro lugar menos aquel, pero nuevamente, no había sido capaz de decirle que no a William. Y por eso, estaba en la cafetería del lujoso Hotel en Luanda, Angola.

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Aquellas habían sido las palabras suficientes para convencerme de hacer la maleta y seguir a Will hasta África, odiaba tener que comenzar a hacerme cargo de los hospitales del grupo económico familiar, pero era eso o tomar las inversiones extranjeras y odiaba aún más, tener que lidiar con abogados, así que, cuando mi padre en su vejez nos obligó a hacernos cargo de los activos del grupo Johnson ST. Yo había elegido los dos hospitales que poseía el conglomerado, en realidad, un hospital y un laboratorio de investigación. Faltaban algunos días para presentarme formalmente como el nuevo director del hospital frente al personal del mismo, pero ya llevaba semanas estudiando toda la información financiera y administrativa del lugar. Los jefes de los departamentos, el director médico, etc.

Continué bebiendo de mi café mientras leía el último informe de cierre del departamento de cirugía cuando el móvil sonó sobre la mesa, lo lleve a mi oreja luego de leer la pantalla… William… Aquella mañana le había pedido que me excusara cuando me pidió que lo acompañará a la sede de la petrolera, con quién, al parecer, William estaba considerando invertir.

—dime —conteste, algo cortante, lo sabía, mi hermano solo trataba de ayudarme en la transición a tomar mis responsabilidades, pero a mí nunca se me había dado bien seguir las órdenes de alguien más o, actuar bajo las reglas de otras personas, tenía mis propios negocios y nunca había sido una lacra succionando dinero sin importar lo poderosa que fuera mi familia. Mi padre le había dado el noventa por ciento del poderío a William y a mí me parecía genial, nunca me interesó hacerme cargo del grupo económico Johnson, en vez de eso, había forjado mi propia fortuna a base de compra y venta de acciones, era socio participante de varias empresas poderosas y tenía la libertad de emplear mi vida como se me viniera en gana, o al menos así había sido, hasta que el cáncer azotó a mi padre de repente y ahora, William había terminado que hacerse cargo de todo, pero yo, por mucho que trate de evitarlo, debía hacerme responsable del diez por ciento al menos, y elegí los hospitales antes del sector financiero del grupo y sus interminables reuniones con los abogados.

—Carter, lamento molestarte, pero he olvidado mi computadora en el lobby del hotel, en el mesón de recepción, ¿Podrías traerlo, por favor?— pidió William, siempre en ese tono perfecto, calmo, mi hermano tenía un temple de acero, nada lo molestaba, nada lo perturbaba, siempre igual, nos llevábamos por más de diez años, la mayoría lo veía como alguien amable y cordial, a mí me ponía los nervios de punta su falta de emociones.

—Bien, estaré ahí en quince minutos.— señale y guarde la iPad en su estuche para poner de pie, dejar dinero sobre la mesa y me marché hasta el lobby del hotel, ahí, me acerque a la secretaria— Hola, soy Cárter Johnson…— no alcance a terminar cuando la recepcionista me entregó el bolso con el computador, le di una sonrisa que la hizo pestañear y sonrojar suavemente— gracias, ¿podrías llamar un taxi por favor? Voy a esta dirección— señalé entregando un trozo de papel con la dirección de edificio escrita, la mujer asintió y tomó el teléfono para hacer un par de llamadas, unos minutos al teléfono y me sonrió al cortar.

—Su taxi espera afuera, señor. — señaló la bella mujer y luego de un agradecimiento, retomé mi camino a la salida, efectivamente un taxi esperaba afuera, entregando las indicaciones me relaje y me dedique a mirar el móvil con calma, Angola era un país con dos extremos, Luanda tenía un sector privilegiado, con enormes edificios que gritaba riqueza por los poros gracias al petróleo, pero así mismo, en la periferia, la pobreza llegaba a situaciones insospechadas, los índices de pobreza en el país llegaban al cincuenta por ciento de la población, una cifra ridícula, pero lamentablemente real.

Tal vez fueron estos pensamientos los que me hicieron levantar la cabeza del teléfono y darme cuenta de que no estábamos tomando la ruta habitual que habían tomado los taxis días anteriores, un mal presentimiento comenzó a surgir desde mi estómago.

—¡Hey!, esta no es la ruta usual, ¡señor!— señalé, pero el hombre no se inmutó ignorándome con la vista al frente, ¿Será sordo?, Me acerque y toque su hombro —¡Señor! Que esta no es la ruta!— volví a señalar, pero el taxista movió su hombro para liberarse de su agarre y pisó el acelerador hasta unas callejuelas dónde se detuvo de golpe, el instinto me decía que era momento de salir corriendo, pero cuando iba a abrir la puerta, sonó el clic del cierre centralizado… Mierda… Solté un bufido frustrado dispuesto a darle un buen puñete al infeliz, pero al volver el sujeto sostenía un arma contra mi sien.

Le di una mirada severa a aquel hombre, aunque me mantuve alerta y tranquilo, no sabía si el arma era real, y no eres tan estúpido para probar la teoría. A los pocos segundos, salieron hombres entre las pequeñas calles, armados a plena luz del día, el taxista abrió el cierre automático y jalándome del cuello de la camiseta, me sacaron del coche al abrir la puerta, alcancé al mirar a mi alrededor, estábamos al límite de la ciudad, las calles eran de tierra y barro, la selva colindaba con las precarias chozas y casas improvisadas con materiales ligeros. Alcancé a ver a algunos de los hombres cuando el dolor se desplegó desde mi nuca y todo se volvió negro.

**Lizbeth**

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Los pasos se repetían en mi cabeza una y otra vez, no porque pudiera olvidarlos, no, sino porque, podía olvidar que no podía hacer más por ellos.

—Doctora, está perdiendo mucha sangre— dijo la enfermera a mi lado mientras seguía luchando por revisar la carne.

—¡pues entonces detener el maldito sangrado como corresponde!— Ladre, la mujer dio un respingo antes de acelerar su paso y poder liberarme el área de la cirugía del nido de sangre que era, logré encontrar la arteria rota al meter la mano dentro de la cavidad abdominal, a veces los ojos no nos permitían ver entre tanta carne y sangre, pero el fluido de una arteria rota se puede sentir si estás demasiado cerca —¡lo encontré!, ¡Hilo!— exigí y la enfermera me lo entregó rápidamente, era dura, la más dura del equipo médico “sin fronteras” pero nadie se opondría a mi sí los insultaba solo por qué me diera la gana, finalmente, mi adquisición ahí, cada año valía millones y ellos jamás podrían pagar una hora de mis servicios, aun así, estaba ahí gratis como todos los años. Cerré la herida en una rapidez que dejó a la enfermera pasmada, ella succionó el resto de la sangre y yo me apresure a terminar con el resto de la herida en la cavidad abdominal, cuando estuvo listo me aleje de la mesa — cierra tú, necesito un café …— señale cansada, llevaba toda la maldita mañana de un cuerpo a otro, salí de la carpa y dejé que la vitamina D regara mis mejillas por primera vez en el día.

—¡Lizy! - una aguda voz me sacó de mi contemplación a ojos cerrados con el rostro hacia el cielo, la sentí colgarse a mi brazo y apreté los dientes ante el contacto, rápidamente me separé de ella bruscamente, Caroline hizo un puchero, pero no se quejó y me extendió la taza de café, trate de darle una sonrisa que hizo que ella extendiera una propia — ¡sabía que lo necesitabas! —Caroline era la única amiga que había tenido en mi vida, y probablemente la única que tendría jamás, nos conocemos desde que sus padres me habían adoptado, una hermana. Fuimos a la escuela juntas, la preparatoria y la escuela de medicina, ella una excelente pediatra con especialidad en neurología infantil, yo, que nací con un cerebro privilegiado, soy la única cirujana con triple especialidad, trauma, neurocirugía y broncopulmonar quirúrgica. Así mismo, como mi cerebro me permite racionalizar cosas de una manera diferente, rápida, lógica y asertiva, además de mi memoria fotográfica, al mismo tiempo, es deficiente en el ámbito emocional, nunca pudieron categorizarme en el aspecto autista porque al parecer, y en realidad gracias a Caroline, siempre encontré la forma de camuflar mi ineficiencia emocional, aprendí muy pequeña a leer las emociones en el rostro de la gente, identificarlas y tratar de generar respuestas a sus necesidades emocionales. Aunque la mayoría de las veces, no comprendo su dolor, su ira y su pena.

—¿Te ha tocado una mañana dura?— pregunto Caro sacándome de mi ensoñación y yo asentí

—dos fracturas intracraneales, un desprendimiento de bronquios y metralla dentro del abdomen de un hombre. —Señalé antes de beber un sorbo de café, Caroline se acercó y me mostró las palmas unos segundos, yo asentí, despegue mi brazo de mi costado, con una sonrisa ella se colgó a mi brazo, no era que no soportará el contacto físico, si puedo tenerlo y disfrutar de él, siempre y cuando no sea sorpresivo y venga de una persona de confianza.

—¿Cuándo terminan tus vacaciones?— preguntó mientras caminábamos por el extenso prado seco de la propiedad, Angola era un país conflictivo, había guerrillas entre bandas, pero aquella propiedad en medio de las balaceras y disputas se consideraba “sector neutral”, entre todas las bandas, nadie atacaba, por qué ahí llegábamos nosotros, doctores miembros de una organización llamada “doctores sin fronteras”, especialistas del área de la salud rotaban en un programa de varias semanas por distintos países del continente africano, personal de la ONU nos trasladaba de una zona a otra.

—En dos semanas, me quedan dos días aquí y luego me voy a Camboya. — dije para dar otro sorbo a mi café.

—me encanta que hagamos esto juntas —dijo con su particular y común entusiasmo, ella era la razón por la que, en vez de estar encerrada junto a mis libros durante mis vacaciones o en alguna investigación, estaba ahí, todos los años, Caroline me pedía de regalo de cumpleaños, tomarnos las vacaciones juntas para rotar en “doctores sin fronteras” - ¿estarás bien sin mí? Yo debo volver a New York en tres días.

—Estaré bien, no soy una niña— le reclamé arrugando la nariz ante su preocupación y ella rio, sabía que era irritante, mis necesidades debido a mi trastorno obsesivo-compulsivo eran más que agotadoras para la mayoría, pero la organización se encargaba de que mis exigencias estuvieran suplidas para rotar con ellos, tener un doctor de mi calibre no era común y todos ahí lo sabían, yo no le podía fallar a Caroline, no cuando ella era mi hermana

—lo sé, lo sé… pero de igual forma, me preocupo, yo te traje aquí, me parece mal dejarte sola— se excusó— si tan solo no me hubieran acortado los días aprobados …— se quejó cascarrabias y me miró con saña— a ustedes los cirujanos, que son los dioses del Olimpo, se les permite todo, ¡Sobre todo tú! Vas a asumir la jefatura de neurología, ¿no deberías estar ahí estudiando? —pregunto ahora en su papel de hermana mayor autodesignada.

—El nivel de importancia y demanda del rubro me permite tener más beneficios, además, tengo memoria fotográfica, ¿recuerda? — dije y le entregué la taza vacía. Al minuto que la voz de la enfermera nos sacaba de nuestra infantil discusión.

—¡Doctoras, tenemos a un par de niños, doce y quince años, heridas de bala en la pierna y el abdomen! — nos llamó la enfermera y Caroline, dejó la taza en una antigua mesa. Para ponernos en marcha de vuelta a la carpa.

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