n que anudaba mis corbatas hasta la presión exacta que ejercía mi bisturí sobre el pericardio. Pero la Dra. Emma Miller no era u
de ejercer mi autoridad en el único lugar donde mi palabra era ley divina: la mesa de operaciones. La segunda cirugía del día era una derivación aorto-coronaria compleja. Un escenario que requería una concen
l cuerpo abierto de un paciente que confiaba en mi infalibilidad. La música instrumental de cá
endo la mano con la palma abierta, sin
ano con un chasquido metálico justo en el
tillas, en la pos
see alguien que entiende la anatomía no solo como un mapa, sino como un territorio vivo. Era una cirujana talentosa; negarlo sería mentir, y yo no mentía. Sin embargo, su talent
de anudar las últimas suturas vasculares, un trabajo de microcirugía donde un error de un grado en el ángulo de la aguja
se volvió denso, pesado, cargado de una humedad que no debería existir en un entorno quirúrgico de nive
en voz baja, sin dejar de mirar la ar
tamos a mantenimiento, pero está fallando -respondió una de las enfermeras
ncólume, empezó a vibrar bajo la presión del malestar físico. Mis guantes de látex, pegajosos por el calor atrapado, difi
voz sonando áspera tras la mascarilla-. Necesi
aba peligrosamente cerca del borde de su gorro. Con un gesto rápido y algo imprudente, se limpió la frente con el dorso del brazo antes de volver a su posic
a el momento de la verdad. En ese instante de silencio absoluto, donde el
dorso de mi guante izquierdo, justo encima de
e del pacien
misma de la fatiga de Emma Miller, había resbalado por su sien
atravesara mi columna vertebral, desintegrando diez añ
sea, Mil
bía levantado la voz mientras operaba. Jamás. El silencio que siguió fue sepulcral, so
uos biológicos. El equipo entero se quedó paralizado, como figuras de cera en una escena de pesa
ro no mostraba el miedo sumiso que yo esperaba. Sus ojos ardían con u
own. El calor es inso
ne idea de lo que acaba de hacer? Ha contaminado un campo vascular crítico. ¿Es que su falta de disciplina es tan intrínsec
co con un movimiento brusco, dejando que su cabello castaño y húmedo cayera sobr
grados aquí dentro! Todos estamos empapados. ¿Quiere que me disculpe por ser un ser vivo? ¿Por no ser u
ndo cómo la presión sanguínea me martilleaba las sienes. La adrenalina que sentía
esionado con su pequeño altar de control que cree que puede dominar el caos con un escalpelo. Yo no puedo ser un robot. Yo siento la urgencia, siento el pánico del paciente y sí, siento este calor de mil demonios. ¡P
luctuación en el potasio sérico que yo había minimizado para no darle el crédito de
aliento chocó contra su mascarilla. Pude ver el temblor en sus ojos, una mezcla de agotamiento
no, ni en mi oficina, ni en el maldito pasillo. Yo soy la autoridad. La próxima vez que actúe por impulso o deje que su "humanidad" interfiera co
el sudor y la furia se mezclaron en una química violenta e innegable. No era atracción, o al menos eso me dije; era la necesidad de do
i pijama de cirugía pegado a mi
a incisión -ordené con voz áspera-. Luego, espéreme en mi oficina. Tenemos que disc
ojo vivo. Sabía que ella me odiaba con cada fibra de su ser. Y lo que me aterraba era que ese odio era lo más vivo que había sent

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