-Si no lo hago, papá, mañana habrá precintos en las puertas de cada hotel de la cadena. Y tú terminarás en una celda por fraude fiscal.
Laura no se permitió llorar. Sus ojos, del color de la miel quemada, estaban fijos en el contrato. No se veía como una mártir de una novela antigua; se veía como una estratega. Llevaba un traje sastre de color marfil que contrastaba con la oscuridad de la oficina, un uniforme de guerra para la rendición más elegante de la historia.
-Es un contrato de dos años -continuó ella, con la voz firme-. Siete mil trescientos días de mi vida a cambio de la deuda total de los Valladares. Es un buen negocio.
-Él es un monstruo, hija. Dicen que no tiene sangre, sino mercurio en las venas.
-Entonces me vendrá bien el frío -replicó ella.
En ese instante, el mundo pareció detenerse. No hubo un aviso, solo el sonido seco de la puerta doble abriéndose de par en par. El aire se retiró de la habitación como si una aspiradora gigante hubiera succionado el oxígeno.
Entró él.
Sebastián Blackwood no caminaba; colonizaba el espacio. Su traje negro estaba cortado con una precisión quirúrgica que acentuaba sus hombros anchos y su estatura intimidante. Tenía treinta y dos años, pero cargaba con la gravedad de un emperador antiguo. Su rostro era una obra maestra de ángulos crueles y belleza devastadora, coronado por unos ojos grises que no miraban, sino que escaneaban vulnerabilidades.
No miró a Mauricio. Mucho menos a Laura.
-¿Está firmado? -La voz de Sebastián era un barítono profundo que vibró en el pecho de Laura como una advertencia sísmica.
-Estamos en ello, Sr. Blackwood -balbuceó Mauricio.
Sebastián se acercó al escritorio. El aroma a sándalo y lluvia llenó el espacio de Laura. Él se detuvo a escasos centímetros de ella, pero su atención seguía en el documento.
-Firma -ordenó Sebastián.
Laura sintió un escalofrío, pero no de miedo, sino de indignación. Se puso de pie, obligándolo por fin a notar su presencia. Ella era alta, pero él la superaba por casi una cabeza.
-Sr. Blackwood -dijo ella, con una calma que lo sorprendió-. Antes de venderle mi libertad, me gustaría al menos que me mirara a la cara. Si va a ser el dueño de mi tiempo, lo mínimo es que reconozca a quién está comprando.
Por primera vez, los ojos grises se desviaron hacia ella. Fue como ser golpeada por una ráfaga de viento ártico. Eran profundos, hermosos y absolutamente vacíos de cualquier calor humano.
-No te estoy comprando a ti, Laura -dijo él, arrastrando las palabras-. Estoy comprando la paz de mi junta directiva, que exige un CEO con una imagen familiar estable. Eres un activo, como un edificio o una patente tecnológica. No confundas tu valor con tu importancia.
-Incluso los activos deben ser inspeccionados -desafió ella, sosteniéndole la mirada-. ¿O es que el Rey de Acero tiene miedo de encontrar algo que no puede controlar bajo este traje de marfil?
Una chispa casi imperceptible brilló en las pupilas de Sebastián. Un atisbo de algo que no era indiferencia.
-Tienes lengua -comentó él, volviendo al papel-. Marcus me dijo que eras una artista sensible. Me mintió. Eres una víbora que intenta proteger su nido.
-Las artistas sensibles mueren de hambre, Sr. Blackwood. Las víboras sobreviven a los incendios. Y su imperio es un incendio constante.
Sebastián soltó una risa seca, un sonido carente de alegría. Tomó la pluma de la mano temblorosa de Mauricio, ignorando el patetismo del hombre, y estampó su firma con un trazo agresivo y elegante.
-El contrato entra en vigor ahora mismo -declaró Sebastián, cerrando la carpeta de cuero-. Mañana a las ocho, un coche te recogerá. No traigas muchas maletas. Todo lo que posees ahora pertenece a tu vida pasada. A partir de mañana, solo usarás lo que yo decida.
-¿Incluso mi ropa interior, Sr. Blackwood? -preguntó ella con una sonrisa gélida.
Él se detuvo en seco en el umbral de la puerta. Se giró lentamente, recorriéndola con una mirada que por primera vez se detuvo en sus labios.
-Especialmente eso. No quiero nada que me recuerde que alguna vez tuviste la opción de decir "no".
Él salió del despacho sin decir adiós. El eco de sus pasos sobre el mármol del pasillo resonó como una sentencia de muerte.
Mauricio Valladares se desplomó en su silla, cubriéndose la cara con las manos.
-Hija... ¿qué hemos hecho?
Laura caminó hacia la ventana. Abajo, vio el coche negro de Sebastián alejarse como una mancha de tinta en la ciudad. Se tocó el cuello, donde aún sentía el calor residual de la presencia de aquel hombre.
-Hemos ganado, papá -dijo ella, aunque su corazón latía con una violencia que la asustaba-. Él cree que ha comprado una estatua para su mansión. No tiene idea de que acaba de meter un caballo de Troya en su cama.
-Él te destruirá -sollozó su padre.
-Que lo intente -susurró ella para sí misma-. Él tiene el acero, pero yo tengo el fuego. Y el acero, ante el fuego suficiente, siempre termina doblándose.
De repente, el teléfono de Laura vibró. Era un mensaje de un número desconocido.
"Primera regla, Laura: En mi casa, el fuego está prohibido. Prepárate para el invierno." - S.B.
Laura apretó el teléfono contra su pecho. El juego no había empezado mañana. Había empezado en ese mismo instante. Ella no era la víctima de un matrimonio arreglado; era la jugadora que acababa de entrar en el tablero del hombre más peligroso del país. Y estaba dispuesta a todo, incluso a quemarse, con tal de ver a Sebastián Blackwood arrodillado.
Miró el contrato sobre la mesa. El cuero negro parecía brillar bajo la luz de la oficina. Se dio cuenta de un detalle que su padre había pasado por alto. Había una cláusula pequeña, escrita en la última página, que ella misma había filtrado a través de Marcus semanas atrás sin que su padre lo supiera.
"En caso de infidelidad o maltrato psicológico comprobado, la totalidad de las acciones hoteleras revertirán a Laura Valladares, junto con el 10% de Industrias Blackwood."
Sebastián creía que la estaba salvando. Laura sabía que lo estaba asaltando.
-Bienvenido a mi guerra, Sebastián -murmuró ella, apagando la luz del despacho-. Espero que tu armadura sea tan gruesa como dicen, porque voy a romperla pedazo a pedazo.
Afuera, la lluvia comenzó a caer sobre la ciudad, borrando las huellas del coche que se había llevado su libertad, pero marcando el inicio de su reinado.