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o
la cúpula oscura del cielo, el observatorio McAllister se mantenía despie
ba horas sin moverse sin co
os. El café sobre el escritorio estaba frío desde hacía rato, olvidado. Afuera, el viento arrastrab
escopio varias veces
s posible.
a solar. Un punto oscuro, apenas perceptible, que no coincidía con ningún objeto registrado. Al principio,
o había vuelt
vez, má
ía con una claridad brutal. No era un cometa. No tenía cola luminos
go muc
o lentamente sobre su eje. Su superficie parecía absorber la luz en l
álisis automático d
comenzaron
e detu
-repitió, c
tos con una frialdad matem
mado: entre 8
oca metálica d
stante. Traye
ad de impa
mada: juni
e el aire desapa
rios del planeta. Había provocado incendios globales, tsunamis imposibl
refugios s
nología capaz
turo para la
pasó las manos por el ro
, y la palabra reso
despejado, salpicado de estrellas que brillaban indiferentes. A simple vista, todo
el reloj había c
o, una fotografía
e a la cámara. Tenía el cabello castaño y una
h
en casa; al siguiente, el mundo se volvió un lugar incompleto. La po
las estrellas, como si el universo pudier
e tiempo de salv
s, como si mirarla de frente pudiera cambiar algo.
su te
a. Solo se utilizaba en situaciones extremas, cuando la ci
unos segundos
de la NASA, línea segur
Allister -respondió-. Necesito comunicarme co
e la llama
ó los ojos
ción g
enc
petir eso,
ontinuó, midiendo cada palabra-. Su trayectoria indica impacto directo con l
tro lado de la líne
línea -dijo fin
a fue tra
en las ciudades, en los océanos, en las montañas que habí
volvió a
lanetaria -dijo una voz masculina-. Envíe todos los
siempre -respondió Nathan con cansan
la voz-. A partir de este momento, queda b
mada t
rgos segundos. Afuera, el viento seg
confiaba plenamente en el silencio. Sabía que habría reuniones a puerta
ría que decidir quién
más la fotogr
na -susurró-, ojal
asteroide continuaba su viaje. No te
nuncio d
más oscura -y más humana- j

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