La luz azulada de las pantallas iluminaba su rostro cansado, marcando profundas sombras bajo sus ojos. El café sobre el escritorio estaba frío desde hacía rato, olvidado. Afuera, el viento arrastraba arena contra las paredes metálicas del edificio, produciendo un sonido constante, casi hipnótico.
Nathan ajustó el telescopio varias veces y por ultima vez más.
-Esto no es posible... -susurró.
Dos noches antes, el sistema automático de detección había señalado una anomalía en los límites del sistema solar. Un punto oscuro, apenas perceptible, que no coincidía con ningún objeto registrado. Al principio, Nathan pensó que se trataba de un error. Los errores existían. Las máquinas fallaban. Los humanos también.
Pero el objeto había vuelto a aparecer.
Y cada vez, más cerca.
Ahora, con el telescopio perfectamente alineado, la imagen se definía con una claridad brutal. No era un cometa. No tenía cola luminosa ni comportamiento errático. Tampoco era un fragmento menor errante.
Era algo mucho peor.
La forma irregular flotaba en la negrura absoluta del espacio, girando lentamente sobre su eje. Su superficie parecía absorber la luz en lugar de reflejarla, como si el vacío mismo lo envolviera con respeto.
Nathan activó el análisis automático de masa y trayectoria.
Los números comenzaron a aparecer.
Y no se detuvieron.
-No... no... -repitió, casi sin voz.
El sistema confirmó los datos con una frialdad matemática imposible de discutir.
Diámetro estimado: entre 850 kilómetros.
Composición: roca metálica de alta densidad.
Velocidad constante. Trayectoria estable.
Probabilidad de impacto: 99.8 %.
Fecha estimada: junio de 2028.
Nathan sintió que el aire desaparecía de la sala.
Un asteroide de diez kilómetros había bastado para borrar a los dinosaurios del planeta. Había provocado incendios globales, tsunamis imposibles y un invierno que duró décadas. Este objeto era diez veces más grande.
No habría refugios suficientes.
No habría tecnología capaz de detenerlo.
No habría futuro para la civilización.
Se quitó las gafas y se pasó las manos por el rostro. Sus dedos temblaban.
-Es el fin... -dijo, y la palabra resonó en la sala vacía.
Se levantó lentamente y caminó hasta la ventana del observatorio. El cielo estaba despejado, salpicado de estrellas que brillaban indiferentes. A simple vista, todo parecía normal. Las ciudades dormían. Las familias descansaban. Los niños soñaban.
Nadie sabía que el reloj había comenzado a correr.
Sobre el escritorio, una fotografía llamó su atención.
Una niña de unos ocho años sonreía tímidamente a la cámara. Tenía el cabello castaño y una pequeña cicatriz en la ceja izquierda. Emily.
Su hija.
Cinco años atrás había desaparecido sin dejar rastro. Un día estaba en casa; al siguiente, el mundo se volvió un lugar incompleto. La policía nunca encontró respuestas. Nathan nunca volvió a ser el mismo.
Desde entonces, había buscado sentido en las estrellas, como si el universo pudiera darle lo que la Tierra le había negado.
-Ni siquiera tuve tiempo de salvarte... -murmuró.
Regresó al telescopio. Amplió la imagen una vez más, como si mirarla de frente pudiera cambiar algo. Pero el objeto seguía allí, silencioso, imparable.
Tomó su teléfono.
El número que marcó no estaba guardado. Lo sabía de memoria. Solo se utilizaba en situaciones extremas, cuando la ciencia superaba a la política y el miedo superaba a la razón.
La línea tardó unos segundos en responder.
-Centro de Astrofísica de la NASA, línea segura -dijo una voz femenina.
-Habla el doctor Nathan Hall, observatorio McAllister -respondió-. Necesito comunicarme con el nivel más alto disponible. De inmediato.
-¿Motivo de la llamada, doctor?
Nathan cerró los ojos un instante.
-Extinción global.
Silencio.
-¿Puede repetir eso, por favor?
-He detectado un asteroide de aproximadamente cien kilómetros de diámetro -continuó, midiendo cada palabra-. Su trayectoria indica impacto directo con la Tierra en menos de dos años. No existe tecnología humana capaz de desviarlo.
La respiración al otro lado de la línea se volvió audible.
-Manténgase en línea -dijo finalmente la voz.
La llamada fue transferida.
Nathan apoyó la espalda en la silla y miró el techo. Pensó en las ciudades, en los océanos, en las montañas que había amado. Pensó en la humanidad, tan brillante y tan frágil.
La línea volvió a activarse.
-Doctor Hall, habla el director adjunto de Defensa Planetaria -dijo una voz masculina-. Envíe todos los datos inmediatamente. Este asunto queda clasificado.
-La verdad no puede clasificarse para siempre -respondió Nathan con cansancio-. El cielo no entiende de secretos.
-Eso no le corresponde decidirlo -replicó la voz-. A partir de este momento, queda bajo protocolo de confidencialidad absoluta.
La llamada terminó.
Nathan permaneció inmóvil durante largos segundos. Afuera, el viento seguía soplando. El mundo seguía girando.
Cifró una copia de los datos y los guardó en un dispositivo personal. No confiaba plenamente en el silencio. Sabía que habría reuniones a puertas cerradas, decisiones frías, cálculos morales disfrazados de ecuaciones.
Sabía que alguien tendría que decidir quién viviría... y quién no.
Miró una vez más la fotografía de Emily.
-Si existe un mañana -susurró-, ojalá sepamos merecerlo.
En algún punto lejano del espacio, el asteroide continuaba su viaje. No tenía nombre todavía. No lo necesitaba.
Era el anuncio del final.
Y el comienzo de la historia más oscura -y más humana- jamás escrita por la especie.