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V
ya no me inmutaba. Lo había oído tantas veces que se fundía con el aire es
endrías -dijo, con
o que
ácticos, sin fingir ternura. No me sa
, intentando una sonrisa qu
r la mirada de sus manos delgadas, aferra
un lujo que ninguna podíamos permiti
: en el tono cortante de las enfermeras, en las miradas esquivas de los médicos, en cómo mi madre se discul
lo. En cuanto cerré la puerta, el silencio me golpeó como un reproche. En
estación subrogada. Usted recibirá a las c
dez Enterprises. La pareja Valdez lo había probado todo: tratamientos, adopciones fallidas. A
í, sí
disparado de nuevo, un número rojo que me quemaba los oj
reojo en un borrador de contrato mientras preparaba documentos. Suficiente para tratamiento
se clavó, com
Enterprises: paredes de vidrio inmaculado, muebles minimalistas que gritaban poder. Coloqué carpe
us tacones marcando un ritmo p
hoy -dijo, escaneando la habitación co
rado -respo
te, sus labios eran una línea tens
e, con esa mirada que evaluaba, dise
-preguntó, si
n el pasill
No quiero p
lvió ligeram
s tratarlo como
ió él, sin mirarla-. N
Yo no. Vi el dolor en sus ojos, el abismo en
mujer robusta, con mirada tensa
tes de que le preguntaran,
sus papeles
oti
cesito empe
era obvio que no. Jorge Val
con una mezcla d
to es duro, físic
ntó la barbil
s verlos pa
a carpeta con
gui
. Solo la puerta c
oven, con manos entrelazadas y un
-afirmó, co
in levantar la vista-. Es si aguantarás
S
lo sabremos. Hay
no, su voz sua
o estamos interr
a nuestro hijo -contraatacó él-
ente. Yo sentí el nudo en mi pr
as mujeres que entraban tenían razones reales, vidas rotas que yo podía entender, aunque las mías fueran dis
, fui por más formularios. Toqué
ía s
verdad: saludable, sin hijo
so, sin saber si era valentía, estup
dre dormía, su pecho subiendo y bajando con
ré un segundo bajo la luz
arte de aq
o decía a ella.

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