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a estaba sentada en el balcón, con las manos entrelazadas sobre el regazo, observando el mundo desde su palco de hierro y geranios marchitos. Desde esa altura, la
n una eficiencia casi coreográfica. Sombrillas, neveras portátiles, maletas de colores chillones y g
o. Una pregunta, pequeña y afilada, empezó a perforar
era el mes del "movimiento". Siempre era igual. Mientras el resto del país se detenía para buscar la sombra y el descanso, João se ajustaba la corba
, le decía siempre, con ese rastro de acento portugués que antes
ras ella se quedaba custodiando las paredes blancas de
giró la cabeza para mirar hacia el pasillo. Sus hijos, ya no tan niños pero tam
ía que a Alba le dolía más que un insulto. Su hijo mayor, Tiago, se encerraba en su cuarto a jugar videojuegos,
ir a la playa, no cuestionaban por qué su padre desaparecía semanas enteras en el mes más caluroso del a
iempo pasaba incluso si ella no hacía nada con él. Fue a la cocina, se sirvió
í misma. Las palabras sonaron extrañas
a que no quería correr. João entró con el saco colgado del brazo y el sudor marcando el cuello de su camisa azul claro. Olía a asfalto, a ofic
de plata de la entrada. El tintineo del metal contra ele un beso mecánico en la mejilla. Fue en ese momento, con el contacto de su piel fría cont
ero tenía una firmeza nueva, un mati
o de vino. La miró por encima del homb
e, A
reguntaba... ¿por qué siempre en agosto tienes esos "asuntos" en la capital? Llevamos veinte
o, un destello de algo parecido al pánico cruzó sus ojos oscuros. Sus pupilas se dilataron, un fallo en su sist
un segundo, la sorpresa se transformó en una sonrisa condescendie
en la firma no es como la de un vecino cualquiera. Los contratos de la capital se firman ahora porque es cuando los grandes inverso
cio vital, envolviéndola con su a
o por ustedes. Me duele más a mí estar en ese despacho asfi
Alba bajó la mirada. La mentira era cómoda, como una manta vieja en invierno. Era más fác
el tiempo se nos escapa -murmuró ella, sintiendo
-sentenció él, dándole un apretón
uesa que Alba no reconoció. Ella se quedó sola en
ue una vez más había logrado apagar el incendio con un par de f
a convencida; se
ento, algo se había encendido. No era una llama grande, era apenas una brasa,
e. No era miedo. Era la primera vibración
taba vacía, sumida en el crepúsculo de un agosto que, por primera vez,

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