-Lo siento, señorita Vance -dice. Su voz ha perdido su habitual seguridad profesional-. Se produjo un error administrativo en el laboratorio. Las muestras se etiquetaron de manera incorrecta durante el proceso de recuperación del material criopreservado.
-¿Qué... qué significa eso?
Se remueve en su asiento.
-El embrión que implantamos no fue creado con las muestras de Julian Thorne. El esperma utilizado pertenecía a otro donante.
Me rodeo el vientre con los brazos y percibo la ligera curva bajo la fina tela de mi vestido de flores. Este niño es mi ancla. Desde que el coche de Julian derrapó hace un mes en aquella autopista mojada por la lluvia, este embarazo ha sido lo único que me ha impedido hundirme. Los médicos dijeron que quizá nunca despertaría del coma, y sus padres me suplicaron que utilizara las muestras que había congelado antes incluso de que nos comprometiéramos. Querían que una parte de él siguiera viviendo.
Yo lo deseaba todavía más.
-No -digo, negando despacio. La serenidad de mi voz me sorprende-. Eso no es posible. Usamos la muestra de Julian. Eso fue lo que acordamos. Eso fue lo que firmé.
-Señorita Vance...
-Pasé semanas sometiéndome al tratamiento -espeto, y la calma desaparece-. Hormonas. Inyecciones. Análisis de sangre. Usted me aseguró que todo estaba bien. Me dijo que funcionaría.
-Funcionó -responde con suavidad-. Está embarazada. -Baja la voz-. Pero el padre biológico no es Julian Thorne.
Una lágrima me resbala por la mejilla. Me la seco con rabia.
-Ese no es mi hijo -afirmo, como si mi convicción pudiera borrar la verdad.
-Sí lo es. Genéticamente, usted es la madre.
Lo fulmino con la mirada y después me río. Un sonido amargo, sin rastro de humor.
-No es el hijo de mi prometido. Yo quería un bebé con el hombre al que amo, con el hombre con quien iba a casarme. Lo hice todo bien. Seguí cada paso. Confié en ustedes.
-Entiendo lo difícil que debe de ser...
-¡No, no lo entiende! -grito, golpeando el escritorio con las manos temblorosas-. No entiende lo que significa.
Julian quizá nunca despierte. Se suponía que este niño sería la única parte de él que me quedaría. Construí todo mi futuro alrededor de esa certeza.
-Lo siento.
-¿Lo siente? -me burlo-. No ha perdido mi equipaje, doctor. Ha perdido el último pedazo vivo de mi prometido. Julian está en coma. Quizá nunca despierte, y ustedes me han implantado... ¿qué? ¿El ADN de un desconocido?
La ironía se me atasca en la garganta. Pasé seis semanas llenándome el cuerpo de hormonas y cubriéndome los muslos de moratones con aquellas agujas.
-Quiero que lo saquen -digo-. Interrumpan el embarazo. Repetiremos el ciclo. No pienso llevar a término un «error de etiquetado».
-Señorita Vance, la junta del hospital está dispuesta a ofrecerle una indemnización de un millón de dólares -prosigue el doctor con rapidez, pálido-, además del reembolso íntegro del tratamiento y la mejor atención prenatal posible, siempre que firme un acuerdo de confidencialidad.
Me levanto tan deprisa que la silla chirría contra el linóleo.
Un millón de dólares. Quieren comprar mi silencio por el hijo de un desconocido.
Contemplo los títulos enmarcados, los gráficos anatómicos y los pequeños modelos de plástico que representan el origen de la vida. Una oleada de calor me sube por el cuello.
-¿Un millón de dólares? -susurro.
Otra lágrima me cruza el rostro, pero la serenidad glacial ha regresado.
-No quiero su dinero. Quiero que esto -señalo mi vientre- desaparezca.
Su expresión se tensa.
-Me temo que quizá no sea aconsejable...
-Desháganse. De. Eso.
-Sería un error.
La voz, grave y autoritaria, llega desde la puerta.
Me vuelvo de golpe. Un hombre alto y de hombros anchos ocupa el umbral. Lleva un traje color carbón de corte impecable. Sus ojos grises, penetrantes e implacables, están clavados en mí.
El doctor se pone en pie con tanta premura que casi tropieza.
-Señor Wolfe. No sabía que se encontraba en las instalaciones.
-Suelo actuar deprisa cuando administran mal mis activos, doctor.
El hombre entra y la habitación parece encogerse. Ni siquiera mira al médico. Me observa a mí con una atención clínica, casi depredadora.
Su presencia llena el despacho y, por un instante, mis piernas amenazan con hacerme retroceder. No se lo permito. Me obligo a sostenerle la mirada.
El Señor Intimidante saca del bolsillo una tarjeta negra mate y la deja sobre el escritorio.
Alistair Wolfe. Director ejecutivo de Industrias Wolfe.
Se me entreabren los labios. Este es el hombre que ha automatizado prácticamente la mitad de las empresas de logística del país. El llamado Fantasma de Wall Street.
-Soy el padre biológico del hijo que lleva en el vientre -declara. No hay disculpa alguna en su tono-. Y no permitiré que interrumpa el embarazo. Téngalo. Entréguemelo en cuanto nazca y depositaré cien millones de dólares en la cuenta que elija.
Retrocedo hasta que las pantorrillas chocan con la silla. Aprieto los puños.
-Está loco.
El médico abre los ojos de par en par. El Señor Intimidante frunce el ceño.
-¿Qué?
-Que está loco. Mi prometido está en coma y usted cree que puede pagarme para que tenga a su hijo en lugar del suyo.
-Doscientos mill...
-¡No me importa su dinero! Quiero recuperar mi vida. Quiero al hijo de mi prometido.
La expresión de Alistair se endurece todavía más.
-El dinero compra tiempo, señorita Vance. Y usted ya no lo tiene.
-¿Qué significa eso?
Hace una seña al médico, que me tiende otro informe.
-Los resultados de sus últimos análisis llegaron esta mañana -explica-. Su endometrio es considerablemente más fino de lo que esperábamos. El estrés hormonal de este ciclo de fecundación in vitro ha provocado lesiones graves.
Se interrumpe, mira a Alistair y vuelve a dirigirse a mí.
-Si interrumpe el embarazo, el daño será irreversible. Las probabilidades de que una segunda implantación prospere son prácticamente nulas. Quedaría estéril de manera permanente.
Las letras del informe se desdibujan ante mis ojos.
-Eso no es verdad. Pueden administrarme alguna inyección. Operarme.
-Ninguna de esas opciones es viable, señorita Vance.
La casa con el columpio hecho con un neumático, el niño de pelo rubio y revuelto como el de Julian... Todo se desvanece. Si acabo con este embarazo, acabo con todo. Nunca seré madre. Ni del hijo de Julian ni de ningún otro.
-Piénselo -dice Alistair-. Tiene al niño. Cumple con su función biológica. Recibe una fortuna que le permitirá no volver a trabajar. Después podrá tener otro hijo con su prometido. Lo único que exijo es...
Se calla al ver que las lágrimas vuelven a llenarme los ojos. Algo cambia en su expresión, aunque desaparece enseguida.
-Lo que es mío -concluye.
El despacho comienza a girar. Es demasiado. Necesito ver a Julian. Tomarle la mano y decirle que lo siento, que le he fallado.
Como si el universo me hubiera oído, el teléfono que he dejado sobre la mesa empieza a vibrar. Me abalanzo sobre él al ver el nombre de la madre de Julian.
-¡Emily! -solloza en cuanto respondo-. Ven al hospital. ¡Ahora! Julian... Julian ha abierto los ojos. ¡Está despierto!
No le digo nada a Alistair Wolfe. Ni siquiera lo miro.
Echo a correr.
Atravieso los pasillos del hospital con un único nombre martilleándome en la cabeza.
Julian. Julian. Julian.
Llego a la unidad de cuidados intensivos con los pulmones ardiendo. Aminoro el paso al acercarme a la habitación 402 y extiendo una mano temblorosa hacia el picaporte. Quiero irrumpir allí, abrazarlo y decirle que encontraremos juntos una solución para el desastre del bebé.
Pero la puerta está entreabierta.
Y desde el interior no oigo el pitido de los monitores ni la respiración acompasada de un paciente que se recupera.
Oigo un sollozo contenido y familiar.