Esa cantidad era una locura. Su abuela Elena era la única familia que le quedaba, la mujer que la había sacado adelante a pura fuerza de voluntad. Ahora que los riñones no le daban para más, la única forma de salvarla era pagando esa montaña de dinero.
Chloe salió a la calle con el estómago hecho un nudo. Mientras esperaba el autobús, sacó su teléfono con la pantalla rota y revisó su correo. Tenía un mensaje nuevo:
De: Recursos Humanos – Thorne Group
Para: Chloe Silva
Asunto: Selección de personal
Estimada Srta. Silva:
Nos complace informarle que ha sido seleccionada como Asistente Ejecutiva Junior en el departamento de presidencia. Su contrato empieza mañana a las 8:00 a.m. con un sueldo inicial de $3,500 mensuales.
En cualquier otra circunstancia, Chloe habría saltado de la alegría. Un puesto en Thorne Group, la empresa más poderosa de la ciudad, era una oportunidad de oro. El problema era el jefe: Julian Thorne. Un tipo joven, multimillonario, frío como un hielo y famoso por despedir a cualquiera que cometiese el más mínimo fallo.
Pero $3,500 al mes no le servían para la emergencia del viernes. Necesitaba sesenta mil dólares ya mismo.
Llegando a su departamento, le entró una llamada de Elite Care, una agencia de empleos de lujo donde se había registrado hacía meses.
-¿Chloe Silva? Habla la Sra. Méndez -dijo la mujer al otro lado-. Tengo un trabajo urgente de niñera nocturna, de 8:00 p.m. a 6:00 a.m. Es para cuidar a la hija de cuatro años de un empresario muy importante. La niña tiene un problema emocional serio y no quiere ver a nadie.
-¿Cuánto pagan? -fue directo Chloe.
-El sueldo es de $10,000 al mes. Y si firmas el contrato hoy, te damos un bono de entrada inmediato de $20,000.
A Chloe casi se le sale el corazón del pecho. ¡Veinte mil dólares de un solo golpe! Con eso y un préstamo en el banco usando su nuevo contrato de la empresa, completaba el dinero de la abuela.
-Acepto. ¿Dónde firmo?
-Hay condiciones raras -le advirtió la Sra. Méndez-. El cliente exige total secreto. Nada de fotos, nada de andar preguntando cosas de la familia y nada de hablar con la prensa. Además, vas a tener que usar un uniforme médico gris flojo y una mascarilla quirúrgica todo el tiempo. La niña le tiene fobia a los rostros desconocidos, así que no te puedes quitar la mascarilla por nada del mundo dentro de la casa.
Para Chloe, taparse la cara era lo de menos si eso salvaba a su abuela. Firmó los papeles por el celular y, en menos de una hora, ya tenía el dinero depositado en su cuenta bancaria.
A las siete y media de la noche, se puso el uniforme gris que le mandaron a la casa. Se recogió el cabello, se acomodó bien la mascarilla tapándose desde la nariz hasta la barbilla y solo se dejó los ojos al descubierto. Agarró un taxi directo a The Grand Apex, el edificio más caro y vigilado del centro.
El ascensor la dejó directamente en el penthouse del piso cuarenta y cinco. El lugar parecia de película: pisos de mármol, techos altísimos y una vista increíble de toda la ciudad iluminada.
El mayordomo, un señor mayor muy serio llamado Arthur, la recibió en la puerta.
-Señorita "Luz" -le dijo, usándole el apodo que le dio la agencia-. Qué bueno que llega a tiempo. Ya sabe las reglas: nada de chismes, ojo a la niña todo el tiempo y no busque conversación con el patrón.
-Entendido, señor.
-Pase por aquí, le voy a enseñar el cuarto de la niña antes de que llegue el jefe.
Pero no alcanzaron a dar ni cinco pasos cuando se escuchó el portazo de la entrada y el sonido de unos zapatos elegantes caminando sobre el piso de mármol.
-Arthur -dijo una voz grave, de esas que imponen respeto al instante-. ¿Ya llegó la nueva niñera?
Chloe se quedó tiesa. Conocía esa voz de sobra; la había escuchado mil veces en los videos de la empresa mientras se preparaba para las entrevistas.
Se giró despacio y sintió que se le helaba la sangre.
Quitándose el abrigo oscuro y aflojándose la corbata venía caminando Julian Thorne. Su nuevo jefe en la empresa. El mismo hombre frío e implacable con el que le tocaba verse la cara al día siguiente a primera hora.
Julian se les acercó con paso firme. Sus ojos grises, afilados como cuchillas, se le clavaron encima a Chloe. La miró de arriba abajo, se le quedó viendo fijamente a los ojos -lo único que la mascarilla dejaba ver- y levantó una ceja.
A Chloe el corazón le empezó a latir a mil por hora. Detrás de la tela de la mascarilla se quedó sin aire. Si Julian la reconocía al día siguiente en la oficina o descubría que su nueva secretaria trabajaba de niñera en su casa por las noches, la iba a dejar en la calle de inmediato, y la vida de su abuela se iría por el caño.
Sin pensarlo dos veces, Chloe agachó la cabeza rápido y se quedó muda, rogándole a Dios que el disfraz y las luces bajas de la sala alcanzaran para guardar su secreto.