Esteban Vane estaba parado junto al gran ventanal que daba a la ciudad. Llevaba la camisa blanca con el primer botón abierto y las mangas arremangadas hasta los antebrazos. Hacía calor, o tal vez era la presión acumulada en el pecho lo que no lo dejaba respirar. A sus treinta y dos años, no tenía la cara de un heredero mimado que esperaba cobrar un cheque gordo para irse a gastarlo a un yate. Tenía los ojos cansados, la mandíbula apretada y las manos marcadas por el trabajo duro. A diferencia de su padre, que prefería mandar desde un helicóptero, Esteban se había pasado la última década metido hasta el cuello en los muelles, metiendo la pata en el barro, arreglando la logística de los camiones y hablando de frente con los mecánicos y los obreros. Para él, el Grupo Vane no era una cifra en la bolsa; era la gente que se rompió la espalda para construir ese imperio.
Detrás de él, el ambiente en la sala era insoportable. En el centro de la mesa estaba sentado el doctor Arango, el abogado de la familia de toda la vida, arrugado y nervioso, ajustándose las gafas con dedos temblorosos mientras manoseaba un sobre de papel manila sellado con cera roja. A la izquierda de la mesa, su hermano mayor, Julián, no paraba de mover la pierna en un tictac desquiciante mientras revisaba el reloj de oro que le había sacado a su padre del velatorio. Julián olía a perfume caro y a alcohol barato, la combinación perfecta de alguien que ya se veía gastándose su parte del botín en los casinos de Las Vegas. Al fondo, apretados en sus sillas como buitres esperando la carroña, los miembros del directorio intercambiaban miradas de complicidad, ajustándose los sacos de diseñador y murmurando entre dientes.
-¿Vamos a empezar o vas a esperar a que el viejo resucite, Esteban? -soltó Julián, rompiendo el silencio con esa voz raspada y burlona que a Esteban siempre le revolvía el estómago-. La prensa está abajo como loca y los periódicos ya están diciendo que nos vamos a repartir el pastel. Terminemos con este trámite de una vez.
Esteban se giró despacio, clavando sus ojos oscuros en su hermano. No dijo una sola palabra, pero la sola forma en que caminó hacia la mesa hizo que Julián cerrara la boca y se acomodara en la silla. Esteban no necesitaba gritar para imponerse. Había heredado la estampa imponente de los Vane, pero sin la arrogancia barata de su familia.
-Arango, abra eso de una vez -dijo Esteban con voz firme, sentándose en la cabecera, la misma silla que su padre había ocupado durante cuarenta años.
El abogado tragó saliva, sacó un abrecartas de plata y rompió el sello del sobre. El crujido del papel rasgado sonó como un disparo en la habitación. Durante dos minutos que parecieron siglos, Arango leyó en silencio las hojas escritas a máquina. Conforme avanzaba en la lectura, la poca sangre que le quedaba en el rostro pareció evaporarse por completo.
-¿Y bien? -presionó Julián, leaning forward-. ¿Cómo quedan las acciones? ¿Qué me dejó el viejo?
El abogado se aclaró la garganta, con la voz temblando ligeramente.
-Señores... el testamento del señor Roberto Vane no se limita a la distribución de sus bienes personales. Incluye una cláusula ejecutiva de emergencia que entra en vigor de manera inmediata tras su fallecimiento.
-Hable en cristiano, Arango, déjese de rodeos leguleyos -interrumpió Esteban, presintiendo el golpe antes de que cayera.
-El difunto señor Vane -explicó el abogado, mirando hacia la mesa sin atreverse a sostenerle la mirada a Esteban- transfirió en secreto el cincuenta y uno por ciento del derecho a voto de la compañía a un fideicomiso de protección financiera. Y la única forma de liberar ese control... es ejecutando una alianza de reestructuración con el fondo de inversión Blackstone-Ríos.
Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Julián se quedó con la boca abierta, parpadeando como si no entendiera el idioma. Esteban, en cambio, sintió cómo se le helaba la sangre.
-¿De qué carajos está hablando? -saltó Julián, poniéndose de pie de un brinco y golpeando la mesa con el puño-. ¡Esa empresa es nuestra! ¡Es el apellido Vane! ¡Mi padre no le regalaría el control a unos tiburones de Wall Street! ¡Esto es una trampa!
-No es una trampa, Julián -intervino de pronto el presidente del directorio, un hombre mayor de pelo canoso y sonrisa falsa llamado Don Álvaro, que hasta ese momento se había mantenido al margen-. Es la única razón por la que esta empresa no ha salido hoy mismo en los periódicos declarada en quiebra.
Esteban inclinó el cuerpo hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa. Su mirada se volvió peligrosa.
-Explícate, Álvaro. Y mide muy bien lo que vas a decir.
Álvaro suspiró con una lástima impostada y le hizo una señal al contable de la empresa, que sacó una carpeta negra y la deslizó hacia el centro de la mesa.
-Tu padre no era el genio financiero que todos creían, Esteban -dijo Álvaro con una frialdad repugnante-. En los últimos cinco años, para mantener la ilusión de que el Grupo Vane seguía creciendo mientras los costos de las plantas que tú diriges se disparaban, Roberto pidió préstamos multimillonarios a través de bancos internacionales y empresas fachada. Hoy por hoy, la empresa tiene una deuda oculta de más de cien millones de dólares. Si no pagamos la primera cuota este mes, los acreedores se van a quedar con las plantas, los camiones, los barcos y hasta con esta oficina.
Julián se dejó caer en su silla, pálido como un muerto, agarrándose la cabeza con ambas manos.
-¿Cien millones? -murmuró Julián, a punto de hiperventilar-. Estamos arruinados... No nos queda nada. Nos van a dejar en la calle.
Pero Esteban no estaba mirando las cifras. Estaba mirando las caras de los miembros del directorio. Esos viejos zorros no parecían sorprendidos. Lo sabían. Todos lo sabían y lo habían escondido detrás de balances maquillados para seguir cobrando sus sueldos millonarios mientras su padre hundía el barco.
-La empresa no está arruinada -dijo Esteban, y su voz sonó tan dura como el acero-. Las plantas producen, los camiones se mueven y la gente trabaja todos los días. Esta deuda es dinero sucio que se movió por arriba sin que nadie diera la cara. Y yo no voy a entregarle el trabajo de diez años a un fondo de inversión para que venga a despedir a la mitad de los empleados y a vender la empresa por partes como si fuera chatarra.
-Me temo que no tienes elección, Esteban -dijo Álvaro, esbozando una sonrisa amarga mientras señalaba el documento que tenía el abogado-. El acuerdo ya está firmado por la firma inversionista. Blackstone-Ríos ya compró la deuda. A partir de mañana a primera hora, se instala aquí la representante que el fondo envió para tomar el control de las decisiones. Ninguna firma tuya, ninguna orden de compra, ningún cheque se mueve en esta compañía sin la autorización de esa mujer.
-¿Qué mujer? -preguntó Esteban, sintiendo una furia ciega ardiéndole en el estómago.
El abogado Arango leyó el último párrafo del documento con voz apagada:
-La mentora encargada de la reestructuración y socia principal de la firma... la señorita Camila Ríos.
Esteban apretó los puños debajo de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Había oído hablar de ella. En el mundo de los negocios, Camila Ríos era conocida como la "limpiadora": una ejecutiva fría como el hielo que entraba a las empresas familiares en crisis, cortaba cabezas sin que le temblara la mano y vendía los pedazos al mejor postor para recuperar hasta el último centavo de sus clientes.
Esteban se puso de pie lentamente, mirando a cada uno de los hombres sentados a esa mesa.
-Díganle a esa tal Camila Ríos que si cree que va a venir a mi casa a mandar como si fuera la dueña, está muy equivocada -soltó Esteban, con la voz cargada de una promesa peligrosa-. Si quiere destruir el Grupo Vane, va a tener que pasar por encima de mí primero.
Salió de la sala de juntas de un portazo que hizo temblar los cristales del piso ejecutivo. La guerra por el imperio no acababa de empezar con la muerte de su padre; acababa de escalar al nivel más peligroso.