Solo imaginar cómo me miraría la manada a partir de entonces, pensar que por fin mi padre tendría que admitir que yo merecía estar a su altura... Por primera vez, todo parecía más llevadero. El peso que me había aplastado durante veinte años. La humillación que jamás me había dado tregua.
Estaba frente a su apartamento, sosteniendo una taza de chocolate caliente entre las manos.
Durante todo el trayecto había planeado la cena. Prepararía aquel estofado de cordero que tanto le gustaba a Luke, el que debía cocinarse a fuego lento durante toda la tarde hasta que la carne se deshiciera en la boca. Una vez me había dicho que esperaba que algún día se convirtiera en una tradición de Acción de Gracias para nuestra familia.
Qué dulce, ¿verdad?
Ya estaba planeando nuestro futuro.
La noche era terriblemente fría. Me froté las manos, deseando entrar cuanto antes para resguardarme y entrar en calor.
Entonces lo oí.
El gemido de una mujer llegó desde la puerta entreabierta del dormitorio.
La empujé con suavidad.
La sangre se me heló.
Mi compañero, Luke, estaba desnudo, inmovilizando a una mujer debajo de él.
-De verdad que no te entiendo -jadeó ella con voz suave y zalamera-. ¿Por qué no rechazas de una vez a esa omega?
Me quedé paralizada.
Era Lily, mi hermanastra.
La persona que más me odiaba en el mundo.
-Es tradición de la manada -respondió Luke con voz baja y ronca-. Para convertirme en beta, primero tengo que engendrar un hijo con mi compañera. No tengo elección.
Soltó una risa cargada de burla.
-Esa estúpida insistió en esperar hasta la ceremonia antes de dejarme tocarla.
Cerré los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en las palmas. El dolor se extendió en oleadas, casi como si quisiera recordarme que aquello no era una pesadilla.
-Uf, ¿de verdad vas a marcar a esa cosa asquerosa? -preguntó Lily con repugnancia-. Arruinará tu nombre. Las omegas son como cucarachas: una vez que se meten dentro, nunca consigues librarte de ellas.
-¿Marcarla? -Luke soltó una risa desdeñosa-. Jamás marcaría a una omega. Solo la necesito para que dé a luz a mi cachorro. En cuanto nazca el niño, la echaré a la calle.
-Dios. -Lily se rio, encantada, y volvió a montarse sobre él-. Seguro que ahora mismo está frente a un espejo, arreglándose y soñando con llevar la corona de beta. Cuando, en realidad, lo único para lo que sirve es para arrodillarse y besarme los dedos de los pies. Igual que su patética madre, que nunca sirvió para otra cosa que besarle los pies a la mía.
Tuve que apoyarme en el marco de la puerta para no caerme.
Mi madre también había sido omega: la compañera destinada de mi padre. Pero yo había nacido marcada con aquella señal. Dentro de la manada, por muy sincera y obediente que fuera, siempre sería una criminal. Debía agachar la cabeza por ser omega. Avergonzarme de ello. Y aun así, mi padre siempre encontraba un nuevo motivo para levantar el látigo contra mí.
Solo Luke había sido diferente.
Cuando yo tenía catorce años, llegó a Manada Cresta Azul para recibir entrenamiento como guerrero, y fui yo quien lo guio por el territorio. Dijo que quería agradecérmelo y, a partir de entonces, siempre que regresaba me traía comida.
Eso era todo lo que había deseado en la vida.
Desde la llegada de mi madrastra, mi existencia se había reducido a palizas, hambre y dolor. Luke, en cambio, vendaba mis heridas y me llevaba platos de comida que aún humeaban. Me aseguró que, cuando se convirtiera en beta, jamás volvería a permitir que nadie me tratara así.
Por fin, la Diosa parecía haberse acordado de mí.
A los dieciocho años, durante el festín de apareamiento entre nuestras dos manadas, nos reconocimos como compañeros destinados. Era imposible describir el éxtasis que sentí en aquel momento. Creí que el sufrimiento había terminado. Que la luz, por fin, había llegado hasta mí.
Me quedé por él.
Por él seguí soportando cada humillación que mi padre y el resto de la manada arrojaban sobre mí.
Y ahora la verdad brotaba como aguas residuales de un desagüe y me ahogaba hasta dejarme sin aire.
Cada promesa. Cada migaja de esperanza a la que me había aferrado.
Todo había sido una mentira.
Empujé la puerta.
-¿Lena?
Luke se incorporó de golpe.
Lily se volvió hacia mí sin el menor rastro de pánico. Se apartó de él con absoluta tranquilidad, como si no hubiera ocurrido nada.
-Ah, Lena, no pongas esa cara de sorpresa. -Sonrió con desdén-. Una omega como tú nunca creyó de verdad que alguien pudiera amarla, ¿verdad? Deberías sentirte honrada de compartir hombre con una princesa noble como yo.
-No sabía que las princesas estuvieran dispuestas a trabajar como amantes -repliqué-. Aunque, pensándolo bien, tal vez sepas que eres una impostora. Sabes cuánto dio mi madre por la manada.
La miré de arriba abajo.
-Debe de ser esa sangre falsa que corre por tus venas la que te impulsa a merodear a escondidas, robando cosas como una rata de alcantarilla.
-¡Pequeña perra!
Levantó la mano, furiosa, pero de pronto la retiró.
-Da igual. Ah, por cierto, ya he empezado a planear cómo convertir esa habitacioncita tuya en Mansión del Alfa en mi vestidor. Solo quería avisarte.
Aquella habitación era el único lugar que tenía en el mundo. Apenas cabía una cama de un metro de largo; el espacio era tan estrecho que ni siquiera podía darme la vuelta.
Y ahora Lily quería arrebatarme hasta eso.
Cerré los puños, deseando destrozarle aquella cara bonita. Sin embargo, me contuve.
En ese momento solo quería una cosa: cortar el vínculo entre Luke y yo.
Lily se detuvo junto a la puerta y me dedicó una sonrisa tan dulce que me revolvió el estómago.
-Un pequeño consejo amistoso: si padre se entera de que te negaste a estar con Luke, te convertirá en el juguete favorito de toda la manada. Apostaría a que sí. Él mismo se encargará de ello.
La mano se me levantó de golpe.
Luke se abalanzó sobre mí y me sujetó la muñeca.
-¡Escúchame, Lena!
Lily se echó el cabello hacia atrás y se marchó.
Me obligué a mirar de nuevo el rostro de Luke. El mismo que alguna vez creí que se convertiría en mi hogar.
Ahora solo me provocaba náuseas.
-Yo, Lena, por la presente rechazo...
-¡No! ¡Lena, déjame terminar!
Me agarró del brazo y me estrelló con fuerza contra la pared.
-¿Terminar qué? -Todo mi cuerpo temblaba y tenía la voz ronca-. Lo oí todo. No soy más que un peldaño para que tú puedas ascender al puesto de beta.
-¿Y qué tiene eso de malo?
Su mano apretó mi muñeca hasta aplastarla. La expresión de absoluta convicción en su rostro hizo que un escalofrío me recorriera el cuero cabelludo.
-Lena, no eres más que una omega. Te estoy dando la oportunidad de ser la madre del cachorro de un beta. Te mantendré, te daré de comer y tendrás un lugar limpio donde vivir...
Me solté de un tirón y le propiné una fuerte bofetada.
-¿Limpio? -La voz me temblaba, pero cada palabra salió nítida y clara-. Este lugar apesta peor que una alcantarilla, ¿y te atreves a usar esa palabra? Escúchame bien, Luke: te rechazo. Para siempre.
Su rostro palideció y, un instante después, enrojeció.
-No te atreverías -dijo entre dientes-. Lena, si te atreves a cortar este vínculo, te lo advierto: ni se te ocurra poner ese estofado de cordero irlandés en la mesa como tradición de Acción de Gracias. O te demandaré.
Me quedé inmóvil por un segundo.
Pensé que lloraría.
En cambio, casi me eché a reír.
Así que todo se reducía a eso. Lo único que aquel hombre no soportaba perder era una olla de estofado.
-¿Demandarme?
No podía creer lo que acababa de oír. El absurdo, la rabia y algo más se me agolparon de pronto en la garganta.
-Bastardo. No volverás a probar ni un solo bocado de ese plato mientras vivas.
Le sostuve la mirada.
-Yo, Lena, por la presente rechazo a Luke y corto el vínculo entre nosotros.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, el vínculo estalló dentro de mi pecho. Fue como si una mano invisible me hubiera partido el alma en dos.
La vista se me nubló.
Apreté la mandíbula y me obligué a permanecer de pie.
Después me di la vuelta y eché a correr.
No podía derrumbarme delante de él.
Jamás.
Las lágrimas no empezaron a caer hasta que salí del edificio. Apresuré el paso y me las sequé bruscamente con el dorso de la mano.
Me dirigí a Mansión del Alfa.
Aquella misma noche abandonaría Manada Cresta Azul. Todavía tenía una mejor amiga, y su manada me acogería. En cuanto a mi padre, siempre había considerado mi existencia un error. Si desaparecía, probablemente se limitaría a suspirar aliviado.
Nada más entrar, vi a mi madrastra, Celia, sentada tranquilamente en el sofá de la sala. Estaba relajada, como si esperara el comienzo de una obra cuyo desenlace ya conocía.
Ella lo sabía.
Claro que lo sabía.
De principio a fin, todo aquello había sido una representación organizada por ellos.
-Hmph. Y yo que pensaba que la pequeña parásita estaría demasiado avergonzada para dar la cara. Pero aquí estás.
Sonrió con desprecio.
Pequeña parásita.
Nunca me había dado un solo centavo y, en veinte años, ni una sola vez me había llamado por mi nombre.
Pero ya no importaba.
No tendría que soportarlo más.
-Celia, quiero ver a mi padre. -Me esforcé por mantener firme la voz-. Ahora. Es importante.
-¿Ah, sí? ¿Vas a ir corriendo a contarle entre lágrimas alguna cosa imperdonable que te haya hecho Lily? -Su tono rebosaba desprecio-. Ahórrate el esfuerzo. La Diosa de la Luna simplemente cometió un pequeño error al emparejarte con el beta. Ahora quienes de verdad se aman están corrigiéndolo. Esto es el destino.
-Celia. -La miré de frente y pronuncié cada palabra con claridad-. No disfraces la inmundicia de tu familia como si fuera un regalo del destino. Es vergonzoso.
-¡Ay, tú, pequeña...!
Se puso de pie de un salto, con la mano ya levantada, pero la voz de mi padre bajó desde lo alto de las escaleras.
-Lena. Has regresado en el momento justo.
Me quedé inmóvil.
Él me odiaba. Debería haber querido que desapareciera para siempre. No tenía intención de adivinar lo que se proponía, así que hablé primero.
-Padre. -Levanté la cabeza y lo miré con serenidad-. Necesito tu permiso para cortar mis lazos con Manada Cresta Azul.
Mi padre se detuvo en las escaleras y me observó desde arriba.
-¿Abandonar la manada? ¿Y adónde crees exactamente que irías?
-No pensé que te importara.
-¿Importarme? -rugió-. ¡Jamás me importará una omega que ha deshonrado mi linaje!
-Entonces rompe el contrato, alfa Sylvain. -Lo miré directamente a los ojos-. Es lo único que te pido.
-¡Dios, por fin esta casa se librará del hedor de esa omega! -gritó Celia a su lado-. ¡Alfa, concédeselo de una vez! ¡Lleva demasiado tiempo deshonrando nuestro nombre!
-No.
La voz de mi padre fue dura como el hierro.
-Jamás permitiré que una omega ande por ahí manchando el nombre de la manada.
-Entonces, ¿dónde piensas arrojarme? -pregunté, aunque ya presentía la respuesta.
Me dirigió una única mirada. Sus ojos eran fríos, como si contemplara un objeto del que estaba a punto de deshacerse.
-Manada Luna de Sangre. Alfa Dominic necesita una criadora.
La sangre se me heló por completo.
Alfa Dominic.
Un nombre que se utilizaba para asustar a los niños de todas las manadas. Decían que ninguna loba había salido jamás con vida de su torre.
Mi propio padre estaba a punto de venderme a aquel demonio.