fina
extensión del desierto. Olía a desesperación, a perfu
tó de in
re la había desterrado aquí hacía años, una sentencia por el crim
an agudos, evaluadores. No parecía una mujer que hubiera sido e
caba de quemar una iglesia, Fina -di
gí-. Necesito un trabajo, S
onido seco y
anda. Estás hecha para sábana
olso y la puse sobre la mesa. El metal golp
landa -dije-
a mí. Una lenta sonrisa se
erías conocer
de sudor y agresión. El tintineo de las máquinas tragamonedas se desvaneció, reemplazado por
peleas cl
n oponente que le doblaba el tamaño. Se movía con una gracia letal, eficie
n la sien al otro hombre. El crujido resonó
subiendo y bajando ligeramente. Estaba cubiert
fía-. La Oveja Negra. El hombre
barrotada. Eran pozos oscuros e infinitos. No apartó la mirada. No sonrió. Me miró c
la que un ayudante le ofreció. Caminó directamente hacia nosotras.
Sofía, aunque su mirada perman
enegro -respon
uendo subterráneo que vibró en mi pecho-. Escuché que dejaste a Lu
merecía
a sobre mí, usando su tamaño
rozar mi mejilla con sus nudillos. Su tacto era áspero, callo
el sensible de la parte interior de su brazo, lo sufici
ia la próxima semana. Sé que el judicial que tienes en tu nómina
esvaneció, reemplazada por el enfoque de un depredador.
Serafina, yo mismo te da
tiendo -susur
o para mirarme-. Entonces

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