fina
co
alto de la carretera, mi vida desvaneciéndose en los brazos desesperados d
ra la Reina de Tijuana. Y Dante era el
ana. Dante se veía letal en un esmoquin hecho a medida, su oscura presencia llenando el pequeño espacio y absorbiendo el aire. Yo llevaba un ve
murmullo grave. Pasó su mano por mi espa
ista toda un
vador se abrieron c
de la Ciudad de México. El Baile de la Ascensión. Esa noch
fe iba a ser Luca Valenc
sala quedó en un silencio sepulcral. Ondas de susurr
s el
chica
fugi
mirada cortando el ruido. Lo
arrogante. Estaba presidiendo cerca de l
o, demasiado inocente, demasiado puro para la podredumbre de su alma. Estab
ió para nosotros como el Mar Rojo. Sintieron
ó y murió cuando me vio. Parpa
na? -log
ra suave, firme, sin delata
zo de él se tensó hasta que su
en Tijuana. Se supo
curvándose en una sonrisa frí
sentó. No tenía por qué hacerlo. Su r
a, enmascarando su miedo c
ó la puta. Y trajo
ncio mortal. Incluso la
re me había odiado. Había ayudado a difundir los rumores de que yo era menta
escupió, su rostro contraído por el asco-. Des
ó. El sonido resonó como un
inmuté. Lentamente, volv
ulos tensarse, listos para romperle el cuel
no -le
. Sonreí. Era una sonr
je en voz baja-. Acaba de
un sonido ásp
se a esta basura al sótano. Quiero e
Sonreían. Recordaban el sótano. Recordaban lo que a L
. Solo mir
rales

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