OFÍA
ísico, un rechazo final y brutal a mi sacrificio, a mi verdad. Miré su cuerpo inconsciente, las líneas de su rostro relajadas por el alcohol y una devoción mal dirigida, y un p
rente de recuerdos, agudos y dolor
ahí fuera, solo, herido, en medio de una ventisca en la traicionera Sierra Madre Oriental. Los equipos de rescate tenían dificultades, las condiciones eran demasi
acable, que se tragaba las carreteras, borrando las líneas entre la tierra y el cielo. Abandoné mi coche a kilómetros de la base, me puse las raquetas de nieve y una l
blemente. Mi corazón se hizo añicos. Lo envolví en mi manta de emergencia, frotando sus manos frías, murmurando palabras de aliento contra el viento. Le di a la fuerza geles de al
Damián primero, su rostro todavía pálido, sus ojos apenas abiertos. Estaba demasiado agotada, demasiado congelada para ir con él. Tuve que esperar al equipo de tierra, que me encontró horas después, medio enterr
borada historia de haberlo encontrado, de su heroico rescate, ya se había tejido en su conciencia. Me miró con ojos fríos y distantes, como si yo fuera una intrusa no deseada. Su misofobia, ya pronunciada,
de Isabella era más simple, más limpia, quizás más aceptable. Ella era el ángel hermoso e inm
o Damián no miraba. Ella lo sabía. Conocía mi verdad y se deleitaba en su engaño. Y
me habían dejado con una verdad fracturada y un corazón roto hacía dos años. Había tomado un taxi con los últimos pesos que tenía en mi bolso, pero solo me llevó a mitad de camino. El
Mis dedos torpes buscaron la llave, el frío calándome hasta los hues
cabello, ahora perfectamente peinado, caía en cascada a su alrededor. Damián estaba arrodillado en el suelo a su lado, con la cabeza inclinada, masaje
tar tan adoloridos de tanto caminar -
uspiró dra
horrible delegación era simplemente... ugh.
abía parado a centímetros de mí en nuestra boda, incapaz de mirarme a los ojos, reacio a tocar mi mano. Este era el hombre que había retro
amente. En mi aturdimiento, mi codo lo rozó. Se estrelló contra el suel
an tierno momentos antes, se endureció en una aterradora máscara de furia. Sus oj
s de él, protegiéndola con su cuerpo c
su voz un rugido bajo-. ¿Estás
z apenas audible-. Yo.
es. Específicamente, a mi único tacón restante y a mi pie
suciedad a mi casa, rompes mis cosas, amena
e seguridad se materializaron de las sombras. Me agarraron de los brazos
lamento teatral-. Sus pies... ¡están tan suci
sprovistos de toda pie
úrense de que no
aban a la fría entrada de piedra, escuché la
migo. Mis pies todavía están un
año blanco impecable. Él, el hombre que despreciaba cualquier cosa impura, estaba limpiando los pies de otra mujer con una ternura qu
isiera, y él adoraría el suelo que pisaba. Fue entonces, tirada sobre las piedras frías, con el tobillo palpitante, el corazón vacío, que

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