OFÍA
del equipo médico, el lejano parloteo de las enfermeras. Ningún rostro familiar se cernía ansiosamente sobre mí, ningun
resuradamente, revisan
ó -anunció, con voz enérgica-. Quiere
. Recogiéndome. Como si fuera un paquete, un
transporte -dije, con voz firme-. Y
reció sorprendi
de Damián, la malicia de Isabella y mi propia desesperación aplastante no podían alcanzarme. Despedí a la enfermera privada que la oficina de Damián
más que un accesorio conveniente. Lo había amado, feroz e tontamente, desde que era una adolescente, un enamoramiento silencioso que se había convertido en una devoción desesperad
creer eso que aceptar la escalofriante verdad: él podía amar. Podía prodigar afecto, atención y ternura. Simplemente no lo hacía por mí. Lo hacía por Isabella. Esa comprensión, cruda e intransigent
ligereza en el corazón que no había sentido en años. Fui a la oficina legal más cercana, mi resolución tan sóli
osa, resonando con los fantasmas de una vida que nunca había vivido realmente. Cojeé por las
adaptarse a su gusto austero- fueron sacados sistemáticamente. Cada artículo, una vez un símbolo de su riqueza, ahora se sentí
eña caja de terciopelo. La abrí. Un delicado medallón de plata, grabado con las iniciales de mi abuela, brillaba suavemente. Era una reliqui
se con disgusto-. Se ve... viejo. Antihigiénico. No
guardé, fuera de su vista, esperando com
alrededor del cuello, el medallón asentándose contra mi piel, una promesa silencán e Isabella, de vuelta de su visita al hospital, entraban arrasando. Isabella reía, un sonido brillante y
a! -trinó, su voz resonando por el ves
avorito prepare un festín. Y un té especial, solo para ti. -Se volvió hacia un mayordomo que rondaba-
pasmo de dolor. Un chef. Un té
ián se había enterado y me había reprendido bruscamente. "Sofía, sabes que la enfermedad es contagiosa. Deberías aislarte. No expongas al personal, y ciertame
Le importaba ella. Y eso, en su cruda simplicidad, era la verdad más dolorosa de todas. No qu
ra confrontación, pero los agud
al. Su mirada, sin embargo, estaba fija en el medallón, brill
revemente en mí, luego en el medallón, u
uchero, tirando de
nito. ¡Quiero uno! Siempre le c
da por elección, solo lo que se consideraba apropi
un sonido de l
es solo un viejo m
ra, no se iba a disuadir. Sus ojos s
dices que no, Damián! ¿Estás diciendo que te
e nuevo a los ojos llenos de lágrimas de Isabe
ate esa... cosa. Isabella la quiere. -Su voz
ntivamente al meda
. Esto era de mi abuela. Significa algo pa
Isabella se
tu petición! ¡Cómo se atreve! -Pateó el suelo, una rabieta i
en el mejor de los casos, se ro
difícil. ¿Cuánto quier
o tiene precio! ¡Es una reliquia familiar! -Me di la vuelta para
alanzó, su mano alcanzando mi garga
rre era sorprendentemente fuerte
una nueva ola de agonía a través de mí. La cadena del medallón se rompió bajo el tirón frenético de Isa
, su habitual preocupac
la! ¿Est
levantando
go! ¡Aho
aída que había dentro. Aplastó el medallón en su puño, su delicada plata doblándose y retorciéndose en un desastre irreconocible. Luego, coicioso-. ¡Ahora no tienes nada! -Agarró el brazo de Damián, su voz du
ándola hacia la gran escalera. No me miró, no reconoció el medall
lo que apreciaba. Mi muñeca, donde Isabella me había arañado, sangraba. Mi tobillo palpitaba con un dolor que reflejaba el dolor hueco en mi pecho. Mi corazón estaba

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