OFÍA
mentos legales, los papeles del divorcio, como un escudo. Mi destino era el estudio de Damián, su santuario interior, un lugar que
ía envueltos en su burbuja inconsciente de afecto mal dirigido. Un momento de vacilación. Una parte pequeña y tonta de mí quería dar la vuelta, evitar esta confr
músculo latiendo en su mandíbula. No se había molestado en limpiarse de la noche anterior, un raro lapso en su habitual meticulosidad. Sus ojos,
ante. Ni siquiera intentó ocultar su impac
el temblor en mis manos. Le exten
luego de nuevo a mi cara, un
-Pasó junto a mí, su hombro chocando intencio
, volviéndome para enfrentar su es
el pasillo, dejándome sola, sosteniendo el pesado
camisas blancas y nítidas de Damián, con las mangas arremangadas, sus piernas desnudas asomándose por
se teatralmente-. ¿Papeles de divorcio? Oh, Sofía, pobrecita. Qué dramática. ¿De verdad pensaste que a Damián le importaría
é los
ivados, Isabella. No ti
una floritura, firmó su nombre, Isabella Montes, jus
estoy haciendo un favor, en serio. Damián solo te iba a manten
y pura, surgió
ue esto e
ncia, echando la c
n me ama. Haría cualquier cosa por mí. ¿Qué has conseguido tú de él? ¿Miserias? ¿Indiferencia? -Se acercó, su
-escupí, mi voz temblando de f
sonido ás
Ni siquiera pudiste retener a tu propio esposo. Tú eres la verdade
fachada cuidadosamente construida. Pero antes de que pudiera, I
débil! -gritó, ag
. Pero era una trampa. Su pie se enganchó con el mío, y cayó, arrastrándome con ella. Rodamos por el corto tramo de escaleras que conducía del
te sobre mi pierna, su peso aplastando la articula
s ojos se fijaron inmediatamente en Isabella, que ahora se agarraba la cabeza, soltando su
suavemente en sus brazos, acunándola como si fuera de cristal. Me lanzó una mira
bil, casi imperceptible, escapó de mis labios. El personal de la casa, alertado por el ruido, se asomó desde varias habitaciones, sus rostros una
erlaba mi frente. Mi tobillo palpitaba, un martill
preocupación, pero no por mí. Se agachó, recogiendo con cuidado una delicada bufanda que I
n poco más fuerte, llegó de
nes? Todavía me duele
provistos de emoción-. Ni se te ocurra tocar esto. Es de Isabella. -Levantó la bufanda, un símbolo de su devoción ma
eco, más frío que cualquier invierno, se instaló en mi pecho. Mis manos buscaron mi teléfono, su pantalla agrietada por la caída. Con dedos te

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