ar, cuando la voz la alcanzó. Cuando esa voz invadió sus oídos y le
eso del funeral. París giró lentamente la cabeza, con el alma aún húmeda de lág
rada que no terminaba de encajar con la ocasión: demasiado intensa para ser simple co
tó, intentando ocultar l
por lo menos mi nombre le recuerde algo. Mi nombre es Andrew Kayser. Conocí a su padre en el
tensara. Había un respeto genuino en su tono, pero también un m
a la escena con atención disimulada. Sus manos cruzadas detrás de la espalda, la mirada fija
de estar cumpliendo un propósito que solo él comprendía. Un prop
nar sus pensamientos. El apellido Kayser resonaba en su mente, con
ó con escepticismo. -Mi padre hablaba de muchos s
s socios. Pero nuestras reuniones nos estaban llevando a un proyecto... uno que, lamentable
argada de algo que París no pudo nombrar
oco. El Señor Carl Anderson dio un paso al frente, sin intervenir todavía, solo observando. Notó cómo Andrew la miraba, no con deseo ni con compasión, si
a. -añadió Andrew con voz más baja, más lejana-. No era
que ni siquiera había sido nombrado! Seguramente mi padre olvido mencionar lo importante que era su nomb
empezaban a dispersarse. Pero antes de desaparecer del todo, giró el rostro hacia ella y dijo: -A veces, señorita París
ir de su pecho y mirando el punto donde él había estado segundos a
o era casual. Detrás de ella se acercó el señor Anderson que seguía obs
-le preguntó con l
ono desafiante. -¡Espero que no sea
nderson la recogió y la llevo a su bolsillo. Sonriendo y mur
an a desbaratar el altar de rosas y diamantes donde se encontraba el féretro de Alejandro Helm
e el infierno en la familia Helmont, ahí comenzó a emerger las llamas
r Anderson entre dientes murmuraba con un destello en sus ojos, un destello diferente y contenido. -¡Te lo advertí Alejandro! -murmur
nadas, pero nadie estaba ahí para escuchar lo que parecía una confesión a
as horas había acontecido en las propiedades de los Helmont. Paris reposaba en su
ca se caracterizó por ser una hija apegada a sus padres, mantenía la distancia y el frio calcu
irreparable perdida de su padre. Sus amigos se esfumaron como el humo de un cigarro recién apagado, ima
eas de la familia. ¡Incluso! Con fiestas que duraron semanas y na
encontraba delante de ella. Era posible que el dinero, las fiestas y el libertinaje podrían haber continuado, pero ella ahí en s
s de quien en vida fuera el empresario líder, admirable y fiel crey
ado y triste rostro envejecido. Una taza de té los acompañó en ese in
iuda, solo un comunicado que depositó en las manos de la viuda para luego marcharse,
ue el consejo y los inversionistas harían el anuncio oficial luego de lo decidido ese d
to deportivo que pintaba las carreteras con su místico color. Dejaba rastro en
sentir que había ganado el primer asalto de una batalla que
a rumbo, solo velocidad. El paisaje pasaba como una sucesión de sombras
és del intercomunicador de la bestia deportiva que conducía con pre
spondió con esa voz que no dio lugar a una réplica: -Me encu
to. Después, una carcajada se escapó de sus labios, seca, cortante, como
el asfalto. El aire a su paso se partió en dos, y por un instante, Andr
e un huracán que contenía su furia y a punto de ar

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