img La CEO de los Pétalos de Diamante  /  Capítulo 3 La Sangre de los Bastardos | 15.00%
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Historia

Capítulo 3 La Sangre de los Bastardos

Palabras:1586    |    Actualizado en: 17/01/2026

zaban a salir de la oscuridad. El auto de Andrew se detuvo frente a la residencia escondida entre edificios de manera discreta, de f

salió, desabrochándose el abrigo con la calma de quien sabe que nada ocurre por casualidad. Llego y la puerta se abrió ante

en la mano y esa sonrisa tensada que no alcanzaba a los oj

ados sobre el escritorio, un cenicero repleto, lámparas encendidas en puntos

ró Andrew, sirviéndose un trago hasta rebasar el vaso-. París Helmont por fin me ha visto. No confía y era de

w, frías y que aun escondían sus verdaderas intenciones. -Inquieta es buena palabra. No hay peor enemigo que una mujer que empieza a sospechar el papel que le han

fruncido. -Espero que para cuando

la noche aplaudiera en secreto su alianza. Anderson se inclinó hacia él, con su voz aún más grave. -Recuerda, Kayser... el lunes

con una seguridad que rozaba la a

el alma. Pero Andrew Kayser no tenía alma visible. S

el retrato de Andrew. -¿Quién es? -se preguntó con la duda tirada al vacío-

on el ahora retrato fúnebre de su padre y la urna que les recordaba que Alejandro no volvería para resolver la vida de los que dependían de su cari

ngojado y la sensación que perde

manos temblorosas y un documento en la mano. -¿Qué es lo que te turba, mad

el señor Anderson hace unas horas. -dijo con voz quebrada-. El lunes deci

un golpe en el pecho. "El rumbo de la empresa se decidirá el lunes." Tan simple, tan fría, tan

s por el fuego, parecían reflejar una llama que no provenía solo de la chimenea distante a ella. -¿Dec

asi ceremoniales, dejó caer el papel sobre el cesto de basura luego de rasgarlo. -¡Esto es lo que haré con sus

nsolada. Era la heredera de un imperi

o que a su padre le costó sacrificios edificar por décadas, mientras en el despacho del otro lado de la ciudad,

yo, y la noche selló el pacto co

oscura y penetrante como espada de dos filos. -Espero que el concejo n

que aun abogan por la familia Helmont, no podrán negar el apoyo. ¿Y de hace

o. -¿Por qué le llamas bastarda? -se levantó lentamente c

que reflejaba ambición y deseo de poder, respondió con aparente calma. -Para nosotros... ¡Siempre ha sido una hija bas

on estaban dispuesto a jugar, aunque Alejandro ya no se encontrara presente, su legado permanencia

ew depositando el vaso sobre el escritorio-. Solo que evita pronunciarlo en mi presencia, aun

me vengas con vagas estupideces. -respondió con el arquetipo

y con una frase que dejo helado al señor Anderson. -Guarda tus lecciones de moral junto a ese perfume agrio y viej

ante de Andrew no lo dejo responder en ese instante de alta tensión

n ante el confrontamiento de seres que estaban dispuestos a mover piezas

os lobos como tu terminan ah

na batalla invisible. Tomó el abrigo, aún manchado por las salpicaduras de whisky, y lo

apenas un susurro, quebrantó el aire y la conciencia de Carl And

ombras, con el peso del abandono y el dolor de no t

ron entre ellos, como si contara los años perdidos. Para lu

i tratado como un bastardo -murmuró, con una calma que dolía más qu

e noqueo el mismo acero retorcido entre las llamas. -Pero claro... eso ya lo sabías, ¿verdad?

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