zaban a salir de la oscuridad. El auto de Andrew se detuvo frente a la residencia escondida entre edificios de manera discreta, de f
salió, desabrochándose el abrigo con la calma de quien sabe que nada ocurre por casualidad. Llego y la puerta se abrió ante
en la mano y esa sonrisa tensada que no alcanzaba a los oj
ados sobre el escritorio, un cenicero repleto, lámparas encendidas en puntos
ró Andrew, sirviéndose un trago hasta rebasar el vaso-. París Helmont por fin me ha visto. No confía y era de
w, frías y que aun escondían sus verdaderas intenciones. -Inquieta es buena palabra. No hay peor enemigo que una mujer que empieza a sospechar el papel que le han
fruncido. -Espero que para cuando
la noche aplaudiera en secreto su alianza. Anderson se inclinó hacia él, con su voz aún más grave. -Recuerda, Kayser... el lunes
con una seguridad que rozaba la a
el alma. Pero Andrew Kayser no tenía alma visible. S
el retrato de Andrew. -¿Quién es? -se preguntó con la duda tirada al vacío-
on el ahora retrato fúnebre de su padre y la urna que les recordaba que Alejandro no volvería para resolver la vida de los que dependían de su cari
ngojado y la sensación que perde
manos temblorosas y un documento en la mano. -¿Qué es lo que te turba, mad
el señor Anderson hace unas horas. -dijo con voz quebrada-. El lunes deci
un golpe en el pecho. "El rumbo de la empresa se decidirá el lunes." Tan simple, tan fría, tan
s por el fuego, parecían reflejar una llama que no provenía solo de la chimenea distante a ella. -¿Dec
asi ceremoniales, dejó caer el papel sobre el cesto de basura luego de rasgarlo. -¡Esto es lo que haré con sus
nsolada. Era la heredera de un imperi
o que a su padre le costó sacrificios edificar por décadas, mientras en el despacho del otro lado de la ciudad,
yo, y la noche selló el pacto co
oscura y penetrante como espada de dos filos. -Espero que el concejo n
que aun abogan por la familia Helmont, no podrán negar el apoyo. ¿Y de hace
o. -¿Por qué le llamas bastarda? -se levantó lentamente c
que reflejaba ambición y deseo de poder, respondió con aparente calma. -Para nosotros... ¡Siempre ha sido una hija bas
on estaban dispuesto a jugar, aunque Alejandro ya no se encontrara presente, su legado permanencia
ew depositando el vaso sobre el escritorio-. Solo que evita pronunciarlo en mi presencia, aun
me vengas con vagas estupideces. -respondió con el arquetipo
y con una frase que dejo helado al señor Anderson. -Guarda tus lecciones de moral junto a ese perfume agrio y viej
ante de Andrew no lo dejo responder en ese instante de alta tensión
n ante el confrontamiento de seres que estaban dispuestos a mover piezas
os lobos como tu terminan ah
na batalla invisible. Tomó el abrigo, aún manchado por las salpicaduras de whisky, y lo
apenas un susurro, quebrantó el aire y la conciencia de Carl And
ombras, con el peso del abandono y el dolor de no t
ron entre ellos, como si contara los años perdidos. Para lu
i tratado como un bastardo -murmuró, con una calma que dolía más qu
e noqueo el mismo acero retorcido entre las llamas. -Pero claro... eso ya lo sabías, ¿verdad?

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