Ambos se conocían desde niños. Aunque Damian era el hijo del Alfa actual y ella era una simple omega dedicada a las tareas de servicio, siempre habían tenido una relación cercana. Damian solía buscarla después de sus entrenamientos de combate para hablar con ella, comer algo juntos o simplemente caminar por los alrededores del campamento. Con el tiempo, esa cercanía hizo que Valeria se hiciera a la idea de que el vínculo sagrado los uniría esa noche de forma oficial.
Desde temprano, el movimiento en la casa principal era constante. Los cocineros preparaban grandes banquetes de carne, las siervas acomodaban las mesas de madera en el patio central y los guerreros colocaban las antorchas para iluminar todo el perímetro. Valeria se encargó de limpiar los manteles, organizar la vajilla y verificar que los barriles de bebida estuvieran listos. No le importaba el cansancio físico porque pensaba que al caer la noche su posición en la manada cambiaría para siempre.
A mitad de la tarde, Valeria subió a su pequeña habitación en el ala trasera de la casona para arreglarse. Se puso un vestido sencillo de color verde claro que ella misma había arreglado días atrás. No tenía joyas ni adornos ostentosos, pero se peinó el cabello largo y oscuro con cuidado. Dentro de ella, su loba, Lyra, estaba inquieta. Sentía la energía de la luna que empezaba a asomarse entre los cerros y la impaciencia típica de la víspera de la ceremonia.
A las ocho de la noche, los miembros de la manada empezaron a reunirse en el patio principal. Había música de tambores, fogatas encendidas y decenas de personas conversando en grupos. Valeria bajó y se colocó a un lado del salón, cerca de la barra de bebidas, esperando el momento en que las autoridades de la manada dieran inicio al evento formal.
Poco después, Damian apareció en la parte alta de las escaleras junto a su padre, el Alfa actual, y varios miembros del consejo. Llevaba una chaqueta de cuero negra y el pelo peinado hacia atrás. Toda la gente en el patio dejó de hablar por un momento para aplaudirle. Damian bajó los escalones con tranquilidad, saludando a los guerreros más viejos y respondiendo a los gestos de la gente.
En un momento de la caminata, Damian giró la vista hacia la zona de servicio y vio a Valeria. Le sostuvo la mirada por un par de segundos y le hizo un breve gesto con la cabeza antes de seguir su camino hacia el centro del patio. Para Valeria, esa pequeña señal fue la confirmación de que ambos estaban pensando en lo mismo y de que la noche saldría tal como lo tenían planeado.
Mientras la fiesta continuaba y la gente bebía y comía, las jóvenes de la manada comenzaron a acercarse a la pista central. Entre ellas estaba Sienna, la hija de uno de los consejeros más influyentes de la manada. Sienna vestía un traje elegante con detalles en dorado, mucho más vistoso que el de las demás, y caminaba con total seguridad entre los invitados. Había crecido en el mismo círculo social que Damian y su familia siempre había buscado que ambos estuvieran juntos por conveniencia política y estatus dentro del territorio.
Valeria observó a Sienna desde lejos. Sabía que Sienna tenía un rango más alto en la jerarquía de la manada, pero no le dio mayor importancia en ese momento. Lo único que le interesaba era que la luna llegara a su punto más alto en el cielo para que el ritual del reconocimiento comenzara de manera formal.
A las diez de la noche, el sonido de los cuernos de caza anunció el inicio del ritual. El Alfa mayor caminó hacia el centro del patio y pidió silencio a todos los presentes. La gente formó un gran círculo alrededor de la fogata principal. Las parejas que buscaban la bendición de la luna debían dar un paso al frente para que sus lobos internos reconocieran la señal del vínculo sagrado ante la mirada de los ancianos y los guerreros de la manada.
Valeria dio unos pasos hacia adelante, saliendo de la zona de servicio para quedar al borde del círculo de personas. Sentía la presión en el ambiente y el murmullo constante de los asistentes. Damian caminó hacia el centro de la pista, quedando justo al lado de su padre. El Alfa miró a la multitud y comenzó a recitar las palabras habituales con las que se abría la ceremonia cada año, recordando la importancia de las uniones para mantener la fuerza militar y el linaje de Luna de Plata.
Valeria mantuvo la vista fija en Damian mientras el discurso terminaba. Damian estaba parado de forma firme, mirando hacia el frente sin mostrar mayor expresión en el rostro. Cuando el Alfa terminó de hablar, la luna llena quedó completamente despejada en el cielo, iluminando el centro del patio.
-Es momento de que los jóvenes de nuestra sangre reclamen su destino bajo la Luna Llena -declaró el Alfa en voz alta.
Toda la manada guardó silencio a la espera de que Damian diera el primer paso para nombrar o reconocer a su pareja. Valeria dio un pequeño paso al frente dentro del grupo, esperando la señal final para acercarse al centro de la pista.