Parecía lo bastante auténtico como para que nunca cuestionara nuestra relación, aunque jamás hubiéramos celebrado una ceremonia del vínculo ante su manada.
Por eso había ido allí: para solicitar un duplicado de nuestro certificado de matrimonio.
Pero ahora, de pie ante aquella oficina, con las manos temblorosas...
¿Cómo era posible que nuestro certificado fuera falso?
Entonces vibró mi teléfono. Bajé la vista hacia la pantalla, todavía aturdida. Era un número desconocido. Normalmente lo habría ignorado, pero algo me impulsó a contestar.
-¿Señora Smith? ¿Aria Smith?
-Al habla -respondí. Mi voz sonó lejana, como si perteneciera a otra persona.
-Me llamo Richard Castellano. Soy el abogado encargado del patrimonio de Vincent Smith. Disculpe que me ponga en contacto con usted de forma tan abrupta, pero es imprescindible que nos reunamos cuanto antes. Usted es la única heredera de su padre.
Parpadeé.
-Disculpe, ¿qué? Yo no tengo padre. Mis padres me abandonaron al nacer.
-Señora Smith, Vincent Smith falleció hace dos semanas. La prueba de ADN y su testamento son concluyentes. Usted es su única hija biológica legítima.
Me quedé boquiabierta. Vincent Smith: aquel nombre era una leyenda tanto en la sociedad humana como en el mundo de los hombres lobo.
Huérfano desde niño y acogido por una manada, había demostrado un talento extraordinario para los negocios desde muy joven.
De adulto, con el respaldo de su hermano adoptivo, un alfa, forjó un enorme imperio comercial que conectaba a la perfección el mundo humano y el sobrenatural.
¿Y ahora alguien me decía que yo, su única hija, iba a heredar la mayor parte de su fortuna?
-El patrimonio es considerable e incluye participaciones empresariales en territorios de varias manadas. Debemos iniciar de inmediato el proceso sucesorio.
Por supuesto. Nadie se atrevía a subestimar el alcance de la fortuna de Vincent Smith. La noticia era tan descomunal que apenas conseguía asimilarla.
-Primero necesito confirmar algo -me oí decir-. Le devolveré la llamada.
Lo más importante era verificar mi estado civil con mi esposo.
Si aquello era cierto, Ethan y yo ya no tendríamos que preocuparnos por las miradas recelosas de la manada.
Podría completar sin problemas la ceremonia final del vínculo con él, convertirme en la luna de la manada y llevarlos a una prosperidad aún mayor.
El trayecto hasta el edificio principal de la manada Silver Creek duró veinte minutos.
Al llegar, subí al tercer piso. El pasillo estaba extrañamente silencioso.
Cuando me acerqué a la oficina de Ethan, oí unas voces al otro lado de la puerta entreabierta.
Una voz de mujer.
-Ethan... Sí... justo ahí...
La voz de él sonó ronca y áspera:
-Qué bien se siente, Clara.
Clara. ¡Mi mejor amiga!
Entonces oí algo todavía peor que la traición de mi mejor amiga y mi compañero.
-¿Cuándo vas a deshacerte de ella, Ethan?
-Nuestro hijo ya tiene tres años. Estoy cansada de fingir -añadió Clara, con la voz afilada por la impaciencia.
Marcus. El niño que Ethan aseguraba que habíamos adoptado porque, supuestamente, mi cuerpo humano no soportaría un embarazo y la manada necesitaba un cachorro que se convirtiera en el heredero del alfa.
Me faltó el aire. ¡El cachorro al que había criado con tanto amor era hijo biológico de Ethan y Clara! La traición me desgarró por dentro. ¿Cómo se atrevían?
Dentro de la oficina, Ethan suspiró.
-Solo un poco más -dijo con frialdad-. Todavía la necesitamos. Las finanzas de la manada se mantienen estables gracias a su trabajo. En cuanto tengamos todo asegurado, la dejaré ir.
-¿Y qué se supone que debo hacer hasta entonces? ¿Seguir fingiendo que soy la víctima mientras ella se pavonea como luna?
-Sabes que ella no significa nada para mí. Solo es una herramienta. Cuando le hayamos exprimido hasta la última gota de utilidad...
No esperé a oír más.
Abrí la puerta de un empujón.
Clara estaba sentada sobre el escritorio de Ethan, con la blusa desabrochada y la falda subida hasta la cintura.
Ethan estaba hundido en ella y embestía mientras Clara jadeaba contra su boca, con las piernas fuertemente enroscadas alrededor de su cuerpo.
Me dieron ganas de vomitar.
-Perdón por interrumpir -dije. Mi voz cortó el aire como una cuchilla.
Los dos se quedaron petrificados. Clara se apresuró a cubrirse y casi se cayó del escritorio. Ethan se enderezó de golpe, con la boca húmeda y los ojos muy abiertos por la sorpresa.
Me apoyé en el marco de la puerta, crucé los brazos y esbocé una sonrisa gélida.
-No se detengan por mí. Detestaría estropearles el ambiente.
-Aria. No deberías estar aquí -dijo Ethan, levemente irritado.
-¿Ah, no? -La voz me temblaba de rabia-. Creo que me debes una explicación.
»Me dijiste que yo era tu compañera verdadera. Me perseguiste durante meses. Me convenciste de que la Diosa de la Luna nos había elegido. ¿Y ahora te acuestas con mi mejor amiga?
-No hay nada que explicar. Clara es mi compañera destinada -respondió Ethan con indiferencia-. No andemos con rodeos.
»El acuerdo con el Grupo V&A necesita las firmas definitivas. Te necesitamos para una última reunión como luna. Después, te daremos una compensación razonable por tus... servicios.
-¿Compensación? -La palabra me supo a veneno-. Me mentiste durante dos años. Me utilizaste para construir la cartera de negocios de tu manada. ¿Y ahora pretendes pagarme para que me vaya, como si fuera una sirvienta que ya cumplió su propósito?
Clara se acercó a mí, arreglándose la ropa con deliberada lentitud.
-Deberías estar agradecida, sinceramente. Una huérfana humana, sin familia ni manada... ¿Dónde habrías acabado? Si eres inteligente, aceptarás lo que te ofrezca y te marcharás sin hacer ruido. De lo contrario...
Me moví antes de que terminara la amenaza.
Crucé la habitación y hundí una mano en su cabello rubio. Clara soltó un chillido y tropezó hacia atrás contra el escritorio.
-¡Aria!
Ethan me agarró del brazo y me lo retorció con tanta fuerza que me arrancó un jadeo. Después me empujó hacia atrás. Con violencia.
Caí al suelo. El impacto me recorrió la columna y un dolor agudo me estalló en el coxis. Alcé la vista hacia él, aturdida.
Ethan me observó desde arriba, con sus ojos azul claro tan fríos como el hielo.
-Vuelve a tocarla y te romperé la muñeca.
Sus palabras dolieron más que la caída.
Algo se quebró dentro de mí. No fueron las costillas, sino algo mucho más profundo.
Me puse de pie, con las manos temblorosas. El coxis me palpitaba por el golpe contra el suelo. Todo me dolía, y no solo el cuerpo.
-Van a arrepentirse de esto -dije en voz baja-. Los dos.
Me di la vuelta y salí antes de que pudieran responder.
Ya en el coche, marqué el número del abogado.
-Señor Castellano. En cuanto al patrimonio de Vincent Smith, estoy lista para hablar.
-Bien. Necesito confirmar algo: la herencia exige que la heredera firme como persona independiente. Si está casada, su cónyuge debe presenciar el proceso. De lo contrario...
-Estoy soltera -lo interrumpí-. Legalmente, siempre lo he estado.
Hubo dos segundos de silencio.
-Entendido -dijo Castellano. Su tono se volvió más formal-. Eso simplifica considerablemente las cosas. ¿Podría reunirse conmigo pronto? Hay varios detalles del testamento que debemos tratar en persona.
-Cuanto antes, mejor. Últimamente dispongo de mucho tiempo.
-Entonces, en mi oficina. ¿Esta tarde?
-Nos vemos a las tres.
Permanecí otros cinco minutos en el estacionamiento, con la vista perdida.
Dos años. Dos años de mentiras, manipulación y humillaciones. Dos años creyendo que luchaba por algo real.
Pero se había acabado.
Ethan estaba a punto de descubrir de lo que era capaz una heredera furiosa.