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El Heredero y La Chica del Barrio

El Heredero y La Chica del Barrio

5.0
10 Capítulo
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Nara Rocha, una joven luchadora, aprendió desde muy pequeña que, en el barrio donde nació y creció, sobrevivir exige mucho valor. Sin embargo, mantener la dignidad puede salir muy caro. Conocida por el apodo de «flor de la noche», que lleva consigo las huellas de un pasado doloroso, trabaja en una sala de eventos de lujo para mantener a su familia y proteger a su madre, Silvana, y a su hermano, Yuri. Su vida, sin embargo, da un giro cuando conoce a Gabriel Medeiros, heredero de una poderosa empresa constructora interesada en adquirir terrenos en la comunidad donde ella vive. Resulta que entre ambos, Gabriel y Nara, la atracción va en aumento a pesar de las diferencias sociales, la desconfianza y los secretos que amenazan con separarlos. Mientras unos sentimientos inesperados acercan a la pareja, Nara descubre que la deuda que dejó su padre, Wilson, puede ocultar una trama mucho más peligrosa de lo que imaginaba. Documentos secretos, transferencias sospechosas y el nombre de Henrique Medeiros, tío de Gabriel Medeiros, llevan a la joven a una investigación que pone en peligro a su familia. Al mismo tiempo, Gabriel debe enfrentarse a los intereses de su propio padre, Otávio, y decidir hasta dónde está dispuesto a llegar por el amor que siente. Nara, por su parte, tendrá que elegir entre proteger a quien ama o revelar una verdad capaz de destruir reputaciones poderosas.

Contenido

El Heredero y La Chica del Barrio Capítulo 1 La mujer que creían conocer

Es habitual en cualquier lugar que la gente se invente historias sobre personas que no conoce. Y en el barrio no era diferente.

Bastaba con que una mujer saliera bien vestida para que alguien dijera que quería llamar más la atención que las demás. Y si una mujer trabajaba por la noche, enseguida surgían los comentarios. O incluso si la veían hablando con un hombre rico, ya se decía que salía con él a cambio de dinero.

Yo lo sabía porque, durante años, fui objeto de esos rumores. Siempre fui muy independiente desde muy joven, lo que atraía miradas y comentarios maliciosos de gran parte de la comunidad en la que vivía.

Pero, antes de continuar con esta historia, será mejor que me presente. Me llamo Nara Rocha, pero casi nadie me llamaba así cuando quería sacarme de quicio.

Para algunos, yo era "la flor de la noche".

El apodo había surgido años antes, tras una noche que preferiría olvidar. Una noche en la que tuve que tomar una decisión para salvar a mi familia y que acabó siendo malinterpretada por todos de la peor manera posible.

Por aquel entonces, tenía poco más de veinte años. Ahora, con veintiocho, ya no me importaba tanto lo que dijeran. O al menos eso era lo que me repetía a mí misma.

Trabajaba en un salón de eventos situado a pocos kilómetros del barrio donde crecí. Aquel lugar parecía pertenecer a otro planeta.

Mientras mi madre, Silvana, contaba monedas para comprar medicinas y mi hermano hacía cuentas para intentar mantener a flote el pequeño negocio familiar, allí dentro, en aquel salón de eventos, los hombres discutían de millones como si estuvieran hablando del precio de cualquier mercancía.

Ya había aprendido a moverme entre esa gente sin mostrar incomodidad.

Sonreía cuando hacía falta. Me quedaba callada cuando convenía. Y nunca olvidaba que, para muchos de ellos, yo seguía siendo solo una mujer del barrio.

Aquella noche, sin embargo, ocurrió algo. O mejor dicho: apareció alguien.

Estaba recogiendo unas copas cuando oí a una mujer comentar a mis espaldas:

- Ya ha llegado. No le di importancia y seguí trabajando.

- ¿Quién? - preguntó alguien.

- Gabriel Medeiros - comentó otra persona.

Me detuve un segundo. Conocía ese nombre. O mejor dicho, todo el mundo lo conocía.

Gabriel Medeiros era hijo de Otávio Medeiros, dueño de una de las mayores empresas constructoras de la ciudad. El tipo de hombre que salía en las revistas, inauguraba edificios y sonreía junto a los políticos.

Decían que Gabriel era diferente a su padre. Pero yo nunca me lo había creído del todo.

Miré discretamente hacia la entrada y entonces lo vi. Entró acompañado de dos hombres.

Alto, elegante, con expresión seria. Sin embargo, había algo en su mirada que me inquietaba. No parecía arrogancia, quizá cansancio.

Volví al trabajo. No quería que se diera cuenta de que lo estaba observando. Fue entonces cuando oí:

- Tú.

Alcé la vista y me di cuenta de que Gabriel estaba frente a mí.

- ¿Sí?

Miró las copas que sostenía. Luego volvió a mirarme a los ojos.

- ¿Trabajas aquí? - preguntó.

- Sí - respondí.

- ¿Desde hace cuánto tiempo?

Esa pregunta me pareció extraña, pero aun así respondí.

- Lo suficiente.

Casi esbozó una sonrisa.

- ¿Siempre respondes así?

- Solo cuando me hacen preguntas que no hace falta hacer.

Esta vez, sonrió de verdad. Fue una sonrisa pequeña y rápida, pero sonrió.

- ¿Cómo te llamas? - quiso saber.

Debería haber respondido, pero en lugar de eso, le pregunté:

- ¿Por qué?

- Porque estoy intentando averiguar si eres tan difícil como pareces.

- Por mi parte, estoy intentando averiguar por qué te importa.

Se quedó en silencio. Por primera vez en toda la noche, pareció no saber qué responder. Entonces alguien lo llamó.

- ¡Gabriel!

Volvió la cabeza. Pero antes de marcharse, volvió a mirarme.

- Nara.

Mi corazón latía con más fuerza. Y eso que yo no había dicho mi nombre.

Sin embargo, él lo sabía. Y fue en ese instante cuando me di cuenta de que aquella noche no sería como las demás. Aún no lo sabía, pero Gabriel Medeiros ya había descubierto quién era yo. Y lo peor de todo, sabía exactamente dónde vivía. En el barrio marginal. En la misma comunidad que la empresa de su familia pretendía comprar. Aunque yo no lo descubriría hasta unos días después.

Aquella noche, lo único que sabía era que aquel hombre me había mirado como nadie lo había hecho en mucho tiempo. Es decir, no como a una mujer fácil que solo sirve para llevársela a la cama y luego dejarla de lado. Sino como si intentara ver a la persona que se escondía tras todas esas historias distorsionadas.

Después del trabajo, no tardé mucho en irme a dormir.

A la mañana siguiente, me desperté con tres llamadas perdidas de mi madre y un mensaje de mi hermano.

No perdí tiempo y llamé inmediatamente a casa.

- ¡Por fin! - exclamó mi madre en cuanto contestó. - Nara, ¿dónde estabas?

- Trabajando, mamá. Ya sabes que salgo tarde.

- Lo sé, hija mía, pero tu hermano ha venido aquí diciendo que hay hombres preguntando por ti.

Me senté en la cama y entonces pregunté:

- ¿Qué hombres, mamá?

- No lo sé, hija. Dos hombres bien vestidos. Preguntaron si vivías aquí y si seguías trabajando en esa sala de eventos.

En ese mismo instante, sentí un nudo en el estómago.

Durante años, aprendí que las malas noticias rara vez llegaban solas al barrio. Primero venía una pregunta, luego una amenaza disfrazada de amabilidad. Por último, aparecía alguien diciendo que todo se podría resolver si colaborabas.

- ¿Qué les respondiste?

- Que trabajas honestamente y no le debes explicaciones a nadie.

Ante la respuesta de mi madre, cerré los ojos, pero enseguida volví a hablar.

- No salgas sola de casa hoy - le pedí.

- ¿Por qué?

- Hazlo solo por mí, ¿vale?

Colgué antes de que pudiera insistir en saber más.

En mi mente rondaba una pregunta: tenía que averiguar quién me estaba buscando. Aunque tenía una sospecha: Gabriel Medeiros.

El problema era que no lograba entender por qué un hombre como él se interesaría por una mujer como yo. La noche anterior habíamos intercambiado unas palabras, nada más. No había hecho nada para llamar su atención, salvo responder a sus preguntas con la sinceridad que solía alejar a los hombres acostumbrados a que les adulen.

Pero quizá fuera precisamente eso.

A hombres como Gabriel parecía gustarles los retos cuando creían que podían superarlos.

Intenté apartar ese pensamiento por un momento. Entonces me levanté, me duché y me preparé para volver al barrio. Antes de salir, comprobé el saldo de mi cuenta bancaria. El resultado seguía siendo el mismo: insuficiente.

Mi madre necesitaba medicinas, el alquiler estaba atrasado y a mi hermano, Yuri, le habían enviado un aviso de pago relacionado con el pequeño negocio que intentaba mantener.

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