El abogado de mi familia lo confirmó una hora después. Era un movimiento real, y estaba blindado. De hecho, se había establecido cinco años atrás. Al enterarme de eso, el celular se me resbaló de las manos, y un entumecimiento se apoderó de mí. Me había pasado siete años justificando la locura de Aiden, sus ataques de ira, su posesividad, creyendo que solo se trataba de una forma retorcida en la que me demostraba su amor.
Me moví a trompicones por la fría y silenciosa mansión, hacia el ala este, donde escuchaba risas. A través de las puertas de cristal, los vi: Aiden tenía a Leo sentando en su rodilla, y Haven estaba a su lado, con la cabeza sobre su hombro. Junto a ellos, sonriendo y mimando al niño, estaban los papás de mi esposo, mis suegros. Eran la familia perfecta.
"Aiden, finalmente se formalizó la transferencia de los activos de los Knox al fideicomiso de Leo", dijo su padre, alzando una copa de champaña. "Todo está bien sellado".
"Bien", contestó mi marido, con calma. "El dinero de la familia de Charlotte siempre le perteneció al heredero de la familia Herrera".
Estaba hablando de mi herencia, del legado de mi familia. Lo había transferido todo a su hijo bastardo. Había usado mi propio dinero para asegurar el futuro del resultado de su traición. Y todos lo sabían; de hecho, lo habían ayudado a conspirar en mi contra. Además, me di cuenta de que su ira, su paranoia, su enfermedad, no eran para todos. Básicamente era un infierno que había reservado solo para mí.
Me alejé de la puerta, con el cuerpo tan frío como el hielo, y regresé corriendo a nuestra recámara, esa que habíamos compartido por siete años, y cerré la puerta. Miré mi reflejo, al fantasma de la mujer que alguna vez fui, mientras una promesa se articulaba en mis labios.
"Aiden Herrera, nunca te volveré a ver", susurré.
Capítulo 1
Encontré el documento por accidente. Aiden estaba fuera, y yo buscaba los viejos aretes de mi mamá en la caja fuerte, los que él insistía en guardar por "seguridad". De repente, rocé una carpeta gruesa y desconocida, que no era mía.
La curiosidad me venció, así que la saqué y la revisé. Tenía una etiqueta que decía "Fideicomiso Familiar Herrera". La abrí y, aunque el lenguaje legal del documento era denso, los nombres estaban más que claros. Mi nombre, Charlotte Knox, estaba allí, pero no estaba en la parte superior.
El beneficiario principal de la enorme fortuna de Aiden no era yo, su esposa desde hacía siete años, sino un niño de cinco años llamado Leo Herrera. Y su tutora legal, listada como beneficiaria secundaria, era Haven Herrera.
Ella era mi cuñada, aunque la familia de mi esposo la había adoptado.
Leí las líneas una y otra vez, pues nada de eso tenía sentido. Llamé al abogado de nuestra familia, y le pregunté con voz temblorosa:
"¿Puedes verificar un documento de fideicomiso para mí?".
Él confirmó todo una hora después. Ese documento era real, estaba blindado, y había sido establecido hacía cinco años.
Se me resbaló el celular de la mano, mientras un entumecimiento helado, que comenzaba en mi pecho y llegaba hasta la punta de mis dedos, me invadía. Siete años. Me había pasado siete años justificando la locura de mi esposo para esto.
Aiden Herrera era un genio de la tecnología, un magnate que se había abierto paso por sí mismo en la industria, y mi esposo. También era un hombre con una enfermedad que crecía en su mente. Los doctores lo llamaban Trastorno explosivo intermitente, o TEI. Eso significaba que podía ser brillante y encantador en un momento, y al siguiente una tormenta de ira pura.
Sus explosiones eran aterradoras. Y lo peor era que cualquier cosa podía desencadenarlas: un libro fuera de lugar, que yo no contestara una de sus llamadas lo suficientemente rápido, o que un hombre se me quedara viendo un segundo más de lo que era prudente. Jamás me golpeó en el rostro, pues era demasiado inteligente para eso. En cambio, me agarraba de los brazos y clavaba sus dedos en mi piel, dejándome moretones que tenía que cubrir con mangas largas durante días. También golpeaba las paredes, rompía vasos, y su voz se convertía en un rugido que hacía retumbar toda la casa.
Una vez, lanzó un pesado cenicero de cristal, que no estaba dirigido hacia mí, pero que pasó a centímetros de mi cabeza y se rompió contra la pared. Un fragmento de vidrio rebotó y me cortó el antebrazo. Todavía tenía la cicatriz: una línea blanca y delgada.
El desenlace siempre era el mismo: su ira desaparecía, reemplazada por una culpa devastadora y autodestructiva. Veía el terror en mis ojos, el daño que me había causado, y su expresión se volvía tormentosa. Luego, golpeaba la pared una y otra vez, pero ahora para castigarse, y no se detenía hasta que se hacía sangrar los nudillos.
"Lottie, soy un monstruo. Lo siento. Perdóname, por favor".
Yo limpiaba sus heridas, dejando de lado mi propio dolor. Sentía su agonía como si fuera mía. Y lo justificaba diciendo que no era malvado, solo estaba enfermo. Me decía a mí misma que me amaba. Que sus ataques solo eran una parte retorcida y dolorosa de ese amor.
Así que aprendí a adaptarme. Me convertí en su soporte, asegurándome de mantener su mundo calmado y predecible. Filtraba sus llamadas, manejaba su agenda, y aprendí a leer los sutiles cambios en su estado de ánimo, como un marinero lee el clima. Renuncié a mi carrera, a mis amigos, y a mi vida, todo para construir un refugio seguro para él.
Pero su enfermedad era una marea que siempre subía. Su paranoia creció, las explosiones se volvieron más frecuentes, y la culpa que seguía después se volvió más extrema.
Comenzó a lastimarse seriamente. Una noche, después de una terrible pelea por una invitación a cenar que él pensó que acepté solo para desafiarlo, se encerró en el baño. Cuando escuché un sonido ahogado, rompí la puerta. Descubrí que había intentado ahorcarse con un cinturón.
Lo sostuve, llorando, mientras él se aferraba a mí como un náufrago. Nos quedamos el resto de la noche sobre el frío suelo de baldosas. Recordé nuestra infancia. Crecimos juntos. Él siempre fue un chico intenso y callado que me cuidaba. Golpeaba a cualquier matón que se atreviera a empujarme en el patio, durante el recreo. También se sentaba en mi porche durante horas, solo para asegurarse de que llegara segura a casa.
Su posesividad me asfixiaba, pero era todo lo que había conocido de él. Una vez rastreó a un chico que me invitó al baile de graduación y lo amenazó con tal seriedad que lo hizo cambiarse de escuela. En ese momento, me daba miedo, pero también sentía una extraña y oscura emoción, pues me parecía que Aiden se preocupaba mucho por mí.
Además, me compraba lo que quisiera y hacía cualquier cosa por mí, siempre y cuando me mantuviera en su órbita. Su atención era un sol que me calentaba o me quemaba viva. Sin embargo, creía que debajo de su enfermad, su amor por mí era real. Esa era la base de todo nuestro mundo.
El dolor que me causaba nuestra relación era intenso, pero la idea de que él sufriera solo era peor. No podía abandonarlo, ni tampoco rendirme y olvidarme de nuestra relación.
Por eso, le propuse un trato. Dos años atrás, después de su intento de suicidio, establecí nuevas reglas. Podía tener sus explosiones de ira, pero tenía que mantenerlas alejadas de mí. Además, comenzaría a recibir terapia. Y la regla más importante, la que le hice jurar por su vida: sin importar cuán enojado o paranoico se pusiera, nunca, pero nunca, estaría con otra mujer. La infidelidad era la única línea que no podía cruzar.
Al principio, luchó contra los límites que establecí. Se enfureció, rogó, trató de manipularme, pero yo me mantuve firme. Eventualmente, cedió.
Por un tiempo, pareció que lo nuestro funcionaba. Sus explosiones sucedían fuera de casa, iba a terapia, y yo creí que habíamos encontrado una forma de sobrevivir. Pensé que su amor por mí era imperfecto, pero absoluto, que su obsesión y posesividad solo eran pruebas de que nunca podría querer a alguien más.
Pero ahora sabía la verdad. Había roto la única promesa que mantenía unido nuestro frágil mundo. Y no conforme con ello, tenía un hijo con Haven.
Ella era la dulce y frágil chica que mi esposo insistió en que su familia adoptara hace años, y a quien le doné un riñón cuando uno de los suyos falló, salvándole la vida. La ironía de la situación era como veneno para mí.
Sentí unas náuseas tan fuertes que terminé mareada. Salí tambaleándome del estudio, con la mente en blanco, y avancé por la silenciosa y fría mansión. Caminé, sin ser plenamente consciente, al ala este, donde se encontraban los aposentos de mi cuñada.
Al escuchar risas, me detuve al final de un pasillo. Provenían de la terraza acristalada. Me acerqué sigilosamente, con el corazón latiendo pesada y rápidamente contra mis costillas.
Los vi a todos a través de las puertas de vidrio. Estaban en una fiesta de cumpleaños privada para Leo. Aiden estaba allí, meciendo al pequeño niño sentado en su rodilla. Haven estaba a su lado, con la cabeza apoyada sobre el hombro de mi esposo. Y con ellos, sonriendo y llenando al niño de mimos, estaban los padres de mi marido, mis suegros.
Eran la viva imagen de una familia perfecta.
Presioné mi oído contra la puerta y contuve la respiración.
"Aiden, la transferencia final de los activos de los Knox al fideicomiso de Leo está completa", le informó su padre, alzando su copa de champán. "Ahora todo está herméticamente cerrado".
"Bien", respondió mi cónyuge con tranquilidad. "El dinero de la familia de Charlotte siempre le perteneció al verdadero heredero Herrera".
Mi herencia, el legado de mi familia, transferido a su hijo secreto. Mi propio dinero, usado para asegurar el futuro del resultado de su traición. Además, todos lo sabían, y lo ayudaron a conspirar en mi contra.
Justo en ese momento, Leo, riendo, untó un puñado de pastel de chocolate sobre la impecable camisa blanca de mi esposo.
Me estremecí, preparándome para la explosión, pues eso era un desencadenante clásico: un desorden inesperado, una interrupción. Lo había visto destrozar una habitación por menos de eso.
Para mi sorpresa, Aiden no explotó. De hecho, ni siquiera se inmutó. Simplemente soltó una risa baja y gentil, agarró una servilleta y cuidadosamente, casi con ternura, limpió el chocolate de su camisa, y luego la cara de su hijo.
"Eres un monstruito desordenado, ¿verdad?", murmuró, antes de darle un beso en la cabeza a Leo.
La gentileza de ese acto me rompió más que cualquier otra cosa. Ahora veía la verdad: su ira, su paranoia, su enfermedad, no eran para todos. Era un infierno especial que había reservado solo para mí.
"No cabe duda de que es tu hijo. Gracias a Dios, Haven tuvo el sentido común de ocultarle esto a Charlotte hasta que Leo fuera lo suficientemente mayor", dijo mi suegra, mirando a Aiden con orgullo.
"El fideicomiso está establecido. Él es mi heredero. Nada puede cambiar eso", contestó mi esposo, con la mirada fija en su hijo.
Con ellos, era un hombre completamente diferente, un extraño. Mi esposo, al que me había pasado años tratando de salvar, al que pensé que entendía, no existía. Nunca había existido.
Me alejé de la puerta, con mi cuerpo tan frío como el hielo. Luego, corrí de vuelta a nuestra habitación, esa que habíamos compartido durante siete años, y cerré la puerta.
Me metí al baño y me coloqué frente al espejo. No reconocí a la mujer que me miraba: estaba pálida y tenía los ojos vacíos. Abrí el grifo y me lavé las manos, tratando de borrar la sensación del toque de Aiden, el recuerdo de sus mentiras. No paré hasta que la piel me quedó en carne viva.
Todo había terminado.
Contemplé mi reflejo, el fantasma de la mujer que solía ser, mientras una promesa silenciosa se formaba en mis labios.
"Aiden Herrera, nunca te volveré a ver", susurré a la habitación vacía.