-No nos mires así, Lyra -gruñó Caleb, el Beta de mi manada natal, Luna de Sangre, sin apartar los ojos del camino-. Deberías estar agradecida. Una omega defectuosa como tú, que ni siquiera puede alzar la voz para aullar a la luna, por fin sirve para algo. Vas a salvar a tu gente.
Apreté los dientes, tragándome la amargura. Mi gente. Aquellos que me habían repudiado desde el día en que maduré y mi loba permaneció en un silencio sepulcral, incapaz de emitir el canto de nuestra especie. Para ellos, yo era basura. Una boca más que alimentar. Y ahora, el tributo perfecto para saciar la sed de sangre del monstruo más temido de la región.
El camión frenó de golpe, haciéndome avanzar hacia delante. Las cadenas crujieron.
-Llegamos -anunció Caleb con un hilo de voz que delataba su propio miedo.
La puerta trasera del camión se abrió de par en par, dejando entrar una ráfaga de viento helado que olía a tierra mojada, pino y... algo más. Un olor espeso, dominante, que erizó cada vello de mi cuerpo. El aroma del peligro puro.
Caleb me tomó del brazo sin ninguna delicadeza y me empujó hacia el suelo cubierto de hojarasca. Caí de rodillas, el dolor punzó en mis piernas, pero no emití ningún sonido. Me obligué a levantar la vista.
Estábamos en el claro que marcaba el límite fronterizo. Frente a nosotros, recortadas contra la penumbra, aguardaban media docena de siluetas imponentes. Lobos de la manada Garras de Ébano. Pero no necesité mirar a los lados para saber quién estaba al mando.
En el centro del grupo, un hombre colosal daba un paso al frente. Su mera presencia parecía curvar el aire a su alrededor. Era alto, de hombros increíblemente anchos, vestido con pesadas ropas oscuras que apenas contenían la musculatura de un guerrero que vivía para la batalla. Su rostro era una obra de arte brutal: facciones duras, una mandíbula ruda y apretada, y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda, otorgándole un aire aún más despiadado. Su cabello oscuro estaba ligeramente alborotado por el viento.
Era Kaelen "Vane" Vane. El Alfa paria. El lobo que había sido desterrado y que había regresado para masacrar a sus opresores y reclamar el trono a base de pura brutalidad.
Caleb dio un paso atrás, temblando visiblemente, y carraspeó.
-Alfa Vane... -la voz del Beta flaqueó-. Aquí está lo prometido. El tributo de Luna de Sangre. Lyra Vance. Con esto, nuestra deuda de guerra queda saldada y la paz entre nuestros territorios está sellada.
Kaelen no miró a Caleb. Ni siquiera parpadeó. Sus ojos, de un gris tormentoso y letal, estaban clavados en mí. Me escudriñó como un depredador evalúa a una presa herida que no merece el esfuerzo de la caza. La humillación y el terror absoluto lucharon dentro de mi pecho. El aire se volvió denso, casi imposible de respirar bajo el peso de su aura dominante.
-¿Esto es lo que me envía tu Alfa? -la voz de Kaelen emergió desde lo más profundo de su pecho, un barítono áspero, rasposo, que hizo vibrar la tierra bajo mis rodillas-. Una omega desnutrida, frágil... y rota. Puedo oler el silencio en tu sangre, muchacha. Tu loba ni siquiera tiene voz.
-Es una hembra fértil, Alfa -se apresuró a decir Caleb, ansioso por huir-. Puede servirle en la fortaleza... para lo que usted disponga.
-Lárguense -rugió Kaelen, sin apartar los ojos de mí.
Caleb no esperó a que lo repitiera. Subió al camión a toda prisa y el vehículo dio un giro violento, dejándome atrás en una nube de polvo y humo. Estaba sola. Entregada al monstruo.
Kaelen caminó hacia mí. Cada uno de sus pasos era pesado, deliberado. El pánico me gritó que retrocediera, que suplicara, pero mi orgullo herido y los años de desprecio me congelaron en el sitio. No iba a darles el placer de verme llorar.
Se detuvo justo frente a mí. Su sombra me cubrió por completo. Se inclinó lentamente, y el aroma a madera quemada, tormenta inminente y pino silvestre me golpeó con la fuerza de un huracán.
-Mírame -ordenó.
Me negué, manteniendo la vista fija en sus botas llenas de barro.
-He dicho que me mires, omega -su voz de Alfa cayó como un mazo sobre mi mente, obligándome por puro instinto de sumisión a levantar la cabeza.
Antes de que pudiera apartar la vista, la mano grande, cálida y callosa de Kaelen se cerró alrededor de mi mandíbula, aprisionando mi rostro con una firmeza implacable para obligarme a sostenerle la mirada.
Entonces, el mundo se detuvo.
En el milisegundo en que su piel tocó la mía, una descarga eléctrica devastadora, salvaje y abrasadora nos atravesó a ambos. No fue un chispazo; fue una explosión. El calor barrió mis venas como fuego líquido, quemando las cadenas invisibles de mi cuerpo. En lo más profundo de mi ser, en ese rincón oscuro donde mi loba había permanecido muda durante años, algo arañó la superficie. Un eco salvaje. Un rugido atrapado que luchaba por salir.
Frente a mí, el rostro de Kaelen se transformó por completo.
El Alfa implacable desapareció por un instante. Su agarre en mi mandíbula se tensó, pero ya no con crueldad, sino con una necesidad desesperada. Sus pupilas se dilataron al límite, devorando el gris de sus ojos hasta dejarlos casi negros, inyectados en un fulgor dorado y animal. El aire entre nosotros se saturó de mi aroma a flor de espino y miel, mezclándose con el suyo de forma violenta, perfecta.
Kaelen se paralizó, con la respiración contenida, como si el impacto le hubiera arrancado el alma del cuerpo. Sus labios se abrieron ligeramente, el pecho le subía y bajaba con violencia, y su mirada recorrió mis ojos, mi boca, mi cuello, reconociendo el lazo sagrado e inquebrantable que la Luna acababa de tejer entre nosotros.
En medio del caos que rugía en su mente y en la mía, una sola palabra, posesiva, atronadora y cargada de un deseo peligroso, reverberó en el silencio de nuestro lazo:
"Mía".